jueves 21 de julio de 2011

Hogar

Cuando llegué a mi nuevo hogar, mi chico acababa de poner la wifi hacía a penas una semana, mientras perparaba la casa para mi llegada.

Hace ya varios meses, cuando este viaje era apenas una nube en mi cerebro y aún ni siquiera vivíamos juntos en Madrid, él me leyó un relato, que hasta anoche no había vuelto a mi mente desde hacía mucho.

El desierto, de Ray Bradbury (extracto)

Miraron la bebida de chocolate como si fuese la rara pintura de un museo. La malta escasearía durante años, en Marte.

Janice buscó en su cartera, sacó lentamente un sobre, y lo puso en el mostrador de mármol.

-Es una carta de Will. Vino en el cohete-correo hace dos días. Esto me decidió. No te lo dije. Quiero que la veas ahora. Vamos, lee.

Leonora sacudió el sobre, sacó la nota, y la leyó en voz alta.

«Querida Janice. Esta es nuestra casa si decides venir a Marte. Will.»

Leonora golpeó otra vez el sobre y una imagen a colores surgió en el dorso. Era la fotografía de una casa oscura, musgosa, antigua, de color castaño; una casa cómoda, con flores rojas y un cerco verde y fresco, y una enredadera velluda en el porche.

-¡Pero Janice!

-¿Qué?

-¡Es una fotografía de tu casa, aquí en la Tierra, aquí en la calle Elm!

-No. Mira.

Y miraron otra vez, juntas, y a ambos lados de la oscura y cómoda casa, y detrás de ella, había un escenario qué no era terrestre. El suelo era de un raro color violeta, y la hierba de un rojizo pálido, y el cielo brillaba como un diamante gris, y un extraño árbol torcido crecía a un costado, como una vieja con cristales en la cabeza canosa.

-Es la casa que Will construyó para mí -dijo Janice- en Marte. Ayuda mirarla. Todo el día de ayer, antes de decidirme, y cuando sentía más miedo, sacaba la fotografía y la miraba.

Las dos mujeres contemplaron la casa cómoda y oscura a noventa millones de kilómetros; familiar, pero extraña, vieja, pero nueva, con una, luz amarilla en la ventana del vestíbulo.

-Ese hombre, Will -dijo Leonora, moviendo la cabeza-, sabe lo que hace.

Terminaron las bebidas. Afuera una multitud desconocida iba de un lado a otro, y la «nieve» caía persistentemente en el cielo de verano.


Os invito a que lo leáis entero, merece la pena.

Dicho esto, sólo quería deciros cómo ha nombrado él la wifi de nuestro piso. Se llama "Casa Marciana".

1 comentarios:

zylgrin dijo...

:D
¿Sabes? los tags de esta entrada también me ponen de buen rollo