domingo 17 de julio de 2011

Mi madre

Hay veces que pensamos demasiado en la narrativa. Creo que nos ocurre a todos los que somos apasionados de las historias y de cómo se cuentan: que nos paramos a mirar con otros ojos la vida, buscándole una estructura, sabiendo que no la teme, y anhelando siempre ver desenlaces para comprender el hilo de lo que estamos viendo. Ahondando un poco, pienso a veces que no hay desenlaces, medito sobre el fin del relato como parte de la estructura y descubro que, en la realidad, los desenlaces son ficciones, porque siempre llevan a nuevos arranques.

Mi madre no puede llorar. Simplemente no le salen las lágrimas, sin saber por qué. Es imposible: aunque quiera llorar, no puede. El jueves, al despertarme, fui a la cocina a desayunar y la encontré tendiendo la ropa de una última lavadora con algunas cosas mías antes del viaje. Tras un par de minutos de conversación intrascendente, me dice que no llora porque no puede, porque estos días se acuerda de una canción de Serrat de cuando se casó con mi padre, y me recita:

Escapad gente tierna,
que esta tierra está enferma,
y no esperes mañana
lo que no te dio ayer,
que no hay nada que hacer.

(...)

Y si te toca llorar
es mejor frente al mar.

Si yo pudiera unirme
a un vuelo de palomas,
y atravesando lomas
dejar mi pueblo atrás,
juro por lo que fui
que me iría de aquí...

Y pienso que, por potentes que podamos a llegar a construir las historias, la realidad supera a la ficción casi siempre. Por mucho que carezca de estrucura y nunca lleguemos a comprenderla del todo.

Carpe diem.

1 comentarios:

zylgrin dijo...

Hale, ya me lío yo a llorar por las dos :P

Y adelante, nena, que la flecha del tiempo está puesta en el universo para algo.