Estar sola es un ejercicio para mi. En realidad lo sabía desde hace casi una década, pero ejercer siempre exige más que pensar. Cada vez más, pienso que mejor sola. Creo que es lo único, y lo primero, que puedo aprender a manejar. Aprender, sí, porque no se hacerlo. Todo lo que me cuesta compartir con mi gente lo malo, no se aproxima a cuánto me cuesta no compartir lo bueno con alguien. Más o menos especial. No importa. En realidad ese es el problema. Esa parte de mis entrañas que me lleva a querer compartir lo bueno con quien sea, lo merezca o no, lo quiera o no... Pero compartirlo. Lo malo...Cuando recibí la información de que hoy se iniciaba una nueva expo en la FNAC de Callao con trabajos de Mary Ellen Mark desde la época de Fellini hasta hace apenas un lustro mis entrañas me llevaron a querer compartirlo con alguien. "Y una mierda, vete sola, pasa de ellos, de todos, disfruta de ti".
Así que esta mañana, entre mi revisión médica y la comida con mi hermano, me pasé por el fórum de la FNAC a ver qué había en la expo De Fellini a Tim Burton. Es una exposición muy modesta, montada con imágenes en blanco y negro. En general, son imágenes bastante formalitas, aunque un par de ellas las tendría en casa: una típica "gorda" de un burdel de Fellini, de esas que ponía derrengadas, tirada en el suelo como un balón viejo a medio desinflar. Y, junto a ella, toda divina en sus ropajes, un par de operarios dipsonían una escalera de tijera hecha de madera. Y claro, no puedo evitar pensar qué dirían ahora los sindicatos. No puedo evitar pensar, mientras paso a las imágenes de Buñuel y Truffaut, cómo se hacía el cine entonces y cómo se hace ahora. Desde mi perspectiva actual, cada vez más centrada en los nuevos medios y en la financiación, noto que hay veces que se me olvida qué es el cine. Y allí, paseando entre mitos, a mi me viene a la cabeza cuánto puede llegar a perder el oficio cinematográfico cuando sólo vemos cifras, temas legales o audiencias. Me gusta recordar, imaginar tal vez, cómo se hacían las películas entonces. Sería casi un circo.
Una escena de cama. Un hombre desnudo encima de una mujer, apenas cubiertos por la sábana. Están semiabrazados todavía. Pero no, no se quieren, están en un plató. Tirando de los dos extremos de la cama hay dos operarios. Trasladan la cama, arrastrándola hacia la izquierda del encuadre no sin cierto esfuerzo.
Todo es mentira en el cine. Y el trabajo del actor, en su mundo, es hacer una máscara con su propia piel, haciendo veraz la farsa.
Como decía, es casi un circo.
En estas estaba cuando un hombre con acento extranjero, de unos 50 y tantos años, con un bolsito y un libro recién comprado, se me acercó pidiéndome un boli. Le gustaba una de las imágenes, y quería apuntar el título. Empezamos a charlar de nada, a hablar de las fotografías, de países diferentes, de culturas. Sin saber muy bien cuándo ni cómo, sacó de su bolsa una pequeña máscara escuplida en barro claro.
"¿Adivinas de qué país soy?", me dijo. Y me dio la mascarita. La miré anonadada, pensando que parecía entre griega y asiria, y así le dije.Él: "te quiero hacer este regalo"
Yo esbocé media sonrisa sin saber si fiarme o no. Me preguntó mi nombre, lo escribió en el anverso, y firmó con sus iniciales. Y por fin el boli volvió a mi bolso.
Por supuesto, mi nuevo amigo resultó ser griego. "Enhorabuena, de premio, te invito a un café". Tal vez porque no se estar sola, que es lo que yo iba a hacer esta mañana, tal vez porque me inquieta saber qué mueve a una persona así, tal vez porque estoy loca, tal vez porque confío demasiado en la vida, o porque quiero descubrir por mi misma que hay que desconfiar de las personas por principio y no creermelo porque me lo han dicho siempre... Tal vez porque creo que nunca sabes de donde puedes sacar algo enriquecedor... Tal vez por mil talveces, le llevé hasta el starbucks de Callao.

Él se tomo un Latte Macchiato y yo un Capuccino. Me habló de la Pascua Ortodoxa, del perdón, de cómo las buenas acciones al final revierten sobre uno mismo en bondades, del budismo y de la muerte de su hermano más amado, hace cinco años, de cáncer de estómago. "Nunca fumó y tampoco bebía", aseguró, sin explicarse aún cómo podría haber sido aquello. Qué profundas eran las arrugas de sus ojos entonces.
Sacó de su bolsa un pequeño paquete de fotos, y me enseñó imágenes de la boda de su sobrina, de su familia, de sus amigas españolas visitando su casa en una islita griega. Me enseñó sus trabajos, porque es artista plástico y esculpe con diversas técnicas. "El arte me da para comer, pero no 'manjiares', claro". Me dijo que si algún día quería conocer Grecia, me dejaba su casa por la cara, siempre y cuando él no estuviese ocupándola, claro, porque viajaba mucho y la casa tan bonita estaba sola mucho tiempo.
Yo no se si Dionisio, "el Baco griego", como le dije cuando me intentó explicar en su trastabillado castellano de dónde venía su nombre, estaba loco o cuerdo. Yo no se si quería timarme. Yo no se qué esperaba, él dijo que simplemente "absorber cultura". Yo no se nada, pero él mismo me dijo que entendía que no me causase demasiada confianza la situación, y, sin más, me dijo que si otro día quería charlar, se lo dijese. Le dije que ya vería, y cogí su número de teléfono. Ni intentó tener el mío.Se dio la vuelta con una sonrisa y levantó una mano, sin acercarse a despedirse, ni en un amago siquiera. Me deseó suerte en la vida y se fue, con las manos en los bolsillos, por la calle Preciados de nuevo.
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p.s.- Las imágenes son un extracto de la exposición, de Apocalypse Now, y quienes veis son Marlon Brando y Coppola, en las dos primeras... Y los locos de "Alguien voló...", en la última. Esa mirada de Jack Nicholson...
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