viernes, 30 de julio de 2010

Sigo viva

Hoy me he marchado a la montaña sola. A perderme. Ni siquiera me encontraban las ondas de mi compañía telefónica. Era una ruta que ya conocía, pero que nunca había hecho ni entera ni sola. Siempre nos quedábamos en el primer llano paradisíaco que encontrábamos.

Hoy iba sola. He pasado de largo por la orilla donde solíamos quedarnos a descansar y he seguido río arriba. Mientras más avanzaba, mas se perdía la senda entre la maleza y los helechos; hasta acabarse en un tronco caído que hacía las veces de puente para cruzar el río. Aunque la corteza retumbaba como un tren a cada paso que daba, me ha permitido llegar al otro lado, donde un par de saltos me han permitido llegar a este lugar tan idílico de la foto. Es una foto de móvil bastante ñapas -como todas las de est post-, como comprenderéis el lugar daba mucho más de sí. Desde la roca que véis en la esquina inferior izquierda podía uno saltar al agua, que tenía cerca de metro ochenta de profundidad. Cerca había cascaditas bajo las que me he sentado para sentir la corriente en los hombros. En los pies, en la espalda. Me he tirado un rato al sol, he comido algo y he seguido la marcha río arriba, casi abriendo senda, hasta que he llegado a una de las nacientes del río. Ahí me he parado, que se hacía tarde, tenía que regresar y estaba sola. Me encanta ver cómo sale agua de las rocas, como si nada. Pienso en la cueva que hay detrás, en el río que la recorre, en si podría estar bajándomela con una cuerda y un arnés. Y todo eso por unos chorros de agua naciendo de unas rocas plagadas de musgo.

Siempre falta algo. O alguien. Es curioso cómo mi cabeza tiende a ver qué es lo que falta, en vez de ver lo que hay. Es curioso cómo percibo mejor lo que no veo que lo que veo. En general, me pasa con las personas. Cuando veo algo hermoso, pienso: "ojalá pudiese enseñarle esto a X". Pero con las necesidades cubiertas, me ocurre igual. Solo veo lo que me queda por cubrir.

Cuando más me pasa, es cuando algo me hace sentir plena. Por ejemplo, hace unos días, mirando el atardecer desde los acantilados de Cuerres, sentía que no necesitaba nada más en el mundo. Sólo estar allí, escuchando la rompiente a yoquesé cuántos metros bajo mis pies colgantes de la roca, con la brisa fresca en la cara y las piernas. Hasta que en una punzada piensas en todo y todos los que son importantes aún para tí, y te replanteas si verdaderamente no necesitas nada más en el mundo.
Es algo que he estado pensando esta tarde cuando ya había emprendido el camino de regreso. Entre los tramos de río y de sendero había árboles tan viejos que parecían Ents, algunos parecía que se iban a echar a andar y a hablar de un momento a otro.

Tal vez lo más curioso de algunos de ellos es que estaban completamente huecos por dentro. Tenían unos boquetes tan grandes que era impresionate que las ramas tuviesen un follaje tan frondoso. Parecía increíle que siguiesen tan, tan vivos. Algunos, como el que os muestro, podrían albergar varias personas dentro. Ese debía tener un hueco como de dos metros de altura y casi uno de ancho.

Ahora, con perspectiva, pienso que lo que hacía excepcionales esos árboles eran precisamente esos enormes boquetes. Sin ellos, los árboles no serían TAN apasionantes. Tal vez sea así de simple. Tal vez sea el vacío -ese hueco enorme, que hace patente que algo falta, a pesar del que se sigue luchando por demostrar que aún se está muy vivo- lo que nos hace, de verdad, excepcionales.

martes, 27 de julio de 2010

...y el resto es tierra conquistada

Doce días llevo ya sin pasar por aquí. Poco después de mi último post vinieron momentos difíciles. Mucho. Quiero decir, aún más. De esos que no pueden contarse porque ni siquiera se comprenden.
Sin saber muy bien cómo, llegué hasta el día 21. Abandoné Madrid y puse rumbo al norte.

Ahora estoy en una habitación azul, en una segunda planta de una casa de una aldea perdida, con los Picos de Europa al sur y el Cantábrico al norte, tras seis días tan intensos como sanadores. Os puedo salpicar unos pocos recuerdos, pero aún así sería tópico. No me quiero olvidar de los acantilados, de las cabras perfiladas entre la montaña y el cielo como posando para un chroma key, del atardecer desde la casa abandonada a lo alto de una colina, de la ruta de las playas, del pescaero, de los reflejos en el agua de la orilla de Cudillero, de la subida al picu, de cómo respira el mar a través de la tierra en los bufones de Llanes, de la malaquita en las profundidades de aquella cueva -llena del agua vaporizada de la rompiente del mar- iluminada por los haces de luz marcados entre las rocas...

Y es que los mejores recuerdos es difícil guardarlos en jpg.

P.s.-La imagen es del móvil de La Vaga, del primer día de nuestro particular "Camino de Pelayo".

jueves, 15 de julio de 2010

Sin saber por qué...

Ahora que llevo un tiempo centrada en buscar curro me doy cuenta de cómo ha pasado el tiempo este año. Ya estamos en julio, y los seis primeros meses del año han pasado a toda velocidad. Y siento que, prácticamente, no he hecho nada. Una vez oí a alguien decir que cuando te dedicas a no hacer nada, nada se queda por hacer. Han sido seis meses catárticos, pero no del todo liberadores. Y la canción de hoy es For Reasons Unknown, de The Killers

I pack my case.
I check my face.
I look a little bit older.
I look a little bit colder.

I said my heart,
it dont beat,
it dont beat the way it used to
and my eyes dont recognize you no more.
And my lips,
they dont kiss,
they dont kiss the way they used to,
and my eyes dont recognize you no more.

For reasons unknown,
for reasons unknown,
for reasons unknown,
for reasons unknown.

For reasons unknown. Meses de no hacer nada para mi...

For reasons unknown. De pronto ya no te hacen feliz las mismas cosas, tal vez nunca llegaron a hacerte feliz, tal vez jamás existieron. De pronto no sabes cómo has llegado a esto, pero te has hecho mayor.

De pronto te das cuenta de que jamás volverás a sentir aquello.

Y, por añadido, de que jamás volverás a sentir esto que sientes ahora.

Carpe diem.

Y, con todo... la vida es terriblemente maravillosa...

martes, 13 de julio de 2010

Despacio y con buena letra

Me he pasado unos días de vacaciones, me fui el jueves por la tarde y regresé a casa ayer. Me han sentado espectacularmente bien. Parece que me costaba darme cuenta de que necesitaba salir de Madrid y de los ordenadores y la búsqueda de empleo unos días. Y además me he puesto morena, que hacía años que me daba un veranito yo...
He recargado pilas y miro las cosas con más calma, veo con más claridad cómo diversificar mis esfuerzos sin sentir que pierdo tiempo. Tengo que buscar trabajo, claro, pero quiero aprovechar para leer, para escribir, para descansar, para estar con mi gente y para desarrollar un proyecto en el que quiero involucrarme de la cabeza a los pies junto a mi amigo Orsonbuels.
Va a requerir muchísima investigación, porque me tengo que poner al día en muchas cosas de mkt y de comunicación, pero creo que, a parte de por el proyecto en sí, puede ser bueno para mi propio desarrollo como profesional. Así que estos días estaré en eso: buscando trabajo, leyendo, investigando y preparando un dossier y un calendario de actuación del proyecto, para una reunión que, espero, tendremos el domingo.
Ya os contaré nuevas cuando las tenga.

sábado, 3 de julio de 2010

Días que me gusta Madrid

Mi relación con la ciudad nunca ha sido muy buena. Donde yo crecí había grandes parques frente a la ventana. Madrid siempre me ha parecido una ciudad con más muros que vanos.

Hoy, hablando con una de esas personas que poco a poco se te convierten más en amigos que en compañeros, como sin venir a cuento, me suelta:

"En escribir influye todo, incluso lo que ves cuando miras por la ventana"


La ventana de la casa donde crecí estaba en un noveno piso, lo veía todo lejos, pequeño, mágico y organizado, en perspectiva. Ahora vivo en un primero y desde mi ventana se ve una maraña de árboles, farolas y calles vacías. No se si me he hecho mayor y todo se me viene encima o si, simplemente, es que he perdido la perspectiva.

Tras unos días de rodaje intensivos, con muchos compañeros yéndose ya de aquí o pensando en irse, me he dado cuenta de cómo me he reconciliado con Madrid, de cómo la echaría de menos si estuviese lejos. Ayer me asomé por una ventana de un segundo piso, sobre las cinco de la mañana, y puse mi palma -por jugar- sobre un cartel de cerámica que reza "CALLE TOLEDO". Es un ejercicio, dada mi mala memoria: tal vez cuando pase por aquella esquina y vea ese cartel pueda pensar "mis manos lo tocaron una noche", y tal vez entonces, en plan proustiano, venga a mi mente aquella noche, mis expectativas, mis ilusiones. En la madrugada, la Plaza Mayor esaba desierta y las farolas se veían más brillantes que nunca. Hoy desde esa misma ventana respiré el aire húmedo de una tormenta y vi salir dos arcoiris.

Para mi Madrid siempre ha sido una cárcel de paredes grises y altas, con un suburbano lleno de gente llena de mundos interiores que jamás salen a la superficie, como el propio suburbano. Madrid me suele hacer encoger la nariz como una pasa y echar de menos un aire verdaderamente transparente. Madrid es turbia. Madrid en verano se me pega y me hace querer poder cambiar mudas de piel, como las serpientes.

Pero pese a la huelga de Metro, hay días en los que me reconcilio con Madrid.

Hace a penas una hora volvía de una sencilla y perfecta cena con tres mujeres sencillas, imperfectas, complejas y perfectas. De esas que merece la pena tener al lado. Y, desde la ventana de mi coche, veía los restos de la lluvia sobre la calle Alcalá, jugaba con el aire fresco que corría entre mis dedos, tan rápido como mi coche se apuraba por salir de nuevo de la ciudad extraña.
En los últimos meses he tenido días en los que pensaba que me estaba reconciliando más y más con la ciudad.

Hoy pienso que, tal vez, depende sólo de la ventana.