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viernes, 29 de julio de 2011

Escenas Madrid - San José


Una chica colombiana, de 31 años, se sentó a mi lado en el avión en Barajas, mientras yo le daba a la nostalgia y ojeaba ese cielo del julio madrileño -ese azul grisáceo, uniforme, sin una gota de agua flotando- con un nudo en la garganta. Cuando me habló, no pude articular respuesta. Mas tarde me contaría que ella regresaba a su país tras cinco años. Iba al funeral de su padre.
(...)

Llegábamos, y yo veía desde lo alto el final de Los Andes, eternos.
El aeropuerto de Bogotá está plagado de policías-perro que guían canes que olisquean bolsas. No me tomé el café de Colombia que me había prometido para cuando pisase el país de García Márquez. Agarré mis maletas y me senté a esperar sin mirar a nadie, mimetizándome con la actitud reinante.
Cuando llegué a San José, a las once de la noche, pude sentir cómo el calor húmedo se agarraba a mis alvéolos para no soltarlos. Poco después, encontré que no encontré los 46 kilos de mi vida que había facturado en Barajas: se habrían perdido entre policías-perro-policía. Agarré mi equipaje de mano y pasé la aduana. Le busqué al otro lado de la cristalera, y ahí estaba. Señalé mis no-maletas para ejemplo de extrañamiento. Su madre llevaba una bienvenida en ramo, con rosas naranjas y rosas.
No sé cuánto tardamos en llegar a casa, pero sí que para mi aquel coche era una nave espacial aterrizando, alunizando, o el verbo que corresponda a 'simplemente cayendo sobre alguna roca espacial desconocida'.
Ahora estaba allí mi casa.

jueves, 21 de julio de 2011

Hogar

Cuando llegué a mi nuevo hogar, mi chico acababa de poner la wifi hacía a penas una semana, mientras perparaba la casa para mi llegada.

Hace ya varios meses, cuando este viaje era apenas una nube en mi cerebro y aún ni siquiera vivíamos juntos en Madrid, él me leyó un relato, que hasta anoche no había vuelto a mi mente desde hacía mucho.

El desierto, de Ray Bradbury (extracto)

Miraron la bebida de chocolate como si fuese la rara pintura de un museo. La malta escasearía durante años, en Marte.

Janice buscó en su cartera, sacó lentamente un sobre, y lo puso en el mostrador de mármol.

-Es una carta de Will. Vino en el cohete-correo hace dos días. Esto me decidió. No te lo dije. Quiero que la veas ahora. Vamos, lee.

Leonora sacudió el sobre, sacó la nota, y la leyó en voz alta.

«Querida Janice. Esta es nuestra casa si decides venir a Marte. Will.»

Leonora golpeó otra vez el sobre y una imagen a colores surgió en el dorso. Era la fotografía de una casa oscura, musgosa, antigua, de color castaño; una casa cómoda, con flores rojas y un cerco verde y fresco, y una enredadera velluda en el porche.

-¡Pero Janice!

-¿Qué?

-¡Es una fotografía de tu casa, aquí en la Tierra, aquí en la calle Elm!

-No. Mira.

Y miraron otra vez, juntas, y a ambos lados de la oscura y cómoda casa, y detrás de ella, había un escenario qué no era terrestre. El suelo era de un raro color violeta, y la hierba de un rojizo pálido, y el cielo brillaba como un diamante gris, y un extraño árbol torcido crecía a un costado, como una vieja con cristales en la cabeza canosa.

-Es la casa que Will construyó para mí -dijo Janice- en Marte. Ayuda mirarla. Todo el día de ayer, antes de decidirme, y cuando sentía más miedo, sacaba la fotografía y la miraba.

Las dos mujeres contemplaron la casa cómoda y oscura a noventa millones de kilómetros; familiar, pero extraña, vieja, pero nueva, con una, luz amarilla en la ventana del vestíbulo.

-Ese hombre, Will -dijo Leonora, moviendo la cabeza-, sabe lo que hace.

Terminaron las bebidas. Afuera una multitud desconocida iba de un lado a otro, y la «nieve» caía persistentemente en el cielo de verano.


Os invito a que lo leáis entero, merece la pena.

Dicho esto, sólo quería deciros cómo ha nombrado él la wifi de nuestro piso. Se llama "Casa Marciana".

martes, 12 de octubre de 2010

...sueños son

Estaba en la vieja casa de piedra de mi bisabuela. No tenía la misma entrada, ni la misma fuente en el jardín, ni siquiera las escaleras de granito que llevaban al porche. Pero yo sabía que era la misma casa. Aquella en la que pasé tantísimo tiempo de niña. Y tan bueno.
Estaba sola. Llamaban a la puerta y yo salía a ver quién era. Un señor mal rasurado me decía que venían a llevarse la chatarra vieja de la parte de atrás del caserón, que si no me habían avisado. Yo sonreía, decía que no sabía nada, y el me explicaba que era para dejar la casa en mejor estado y que ellos venderían la chatarra vieja para sacar algo de dinero, con lo difícil que está la cosa, sabe usted...
Le acompañé entonces a la parte de atrás, sin cerrar la puerta, y él empezó a sacar hierros viejos, somieres oxidados, barras inservibles. Llegaron unos cuantos compañeros suyos a ayudarle a sacar todo aquello que para mi era basura. En estas, me di cuenta de que no había comprobado lo que me contaba, y cogí el teléfono para llamar a alguien y preguntar. Me alejé del lugar de los somieres rotos, fui hacia la puerta principal, donde le había encontrado por vez primera.
En la entrada de la casa de mi bisabuela había una larga hilera de operarios, todos con la misma pinta que el primero, con la barba a medio rasurar, el mono mal cerrado, la camiseta blanca sucia y sudada... Todos sacando los muebles del interior de la casa. Un sofá verde. La lámpara de pie. Una mesilla. Todos. En fila.
Yo les decía que no podían llevárselo, pero no me escuchaban. Intentaba pararles, pero se lo llevaban todo sin titubear. Todos tenían media sonrisa, como si supieran algo que yo no sabía.
Mientras intentaba conseguir que no desvalijaran la casa, me acerqué a la furgoneta de fondo eterno en la que metían todo el mobiliario. Escuché un golpe atronador.
Cuando me di la vuelta, una enorme bola de acero, suspendida por una cadena de Dios sabe dónde, pendulaba directamente hacia el edificio. Unas grúas tiraban algo indescriptible encima. En dos minutos la casona, vacía, era escombros. Sólo quedaba en pie la vieja verja verde de la entrada. Y la valla de red que separaba la parte de atrás, donde mi tío solía guardar la moto y donde hasta hacía cinco minutos estaban los somieres oxidados.
Los operarios ya no estaban. Se habían ido. Llegó mi madre, en coche, se puso a intentar solucionarlo, a hablar por teléfono con gente insospechada.
Y yo no paraba de decirle con mi mente que no podía hacer nada, que la casa ya no estaba, y que nunca más estaría.
Verdaderamente, a veces el subconsciente es tan poco sutil que resulta casi obsceno.

martes, 6 de enero de 2009

Antes de la tormenta (mi metáfora de 2009)

Miró al cielo. Las nubes eran largas, gruesas, la bóveda celeste no se adivinaba tras ellas. Aún estaban muy altas. La hierba no era ya verde hierba. Era verde musgo. Las briznas crecían fuertes, en el suelo, queriendo ser las cedras de un cepillo recio, pero por naturaleza débiles, flexibles, dóciles. Bailaban al son de un viento suave, a la par, una danza hermética, de grandes círculos, un vals sin piernas; aferradas a la tierra, sin poder escapar de ella. Tal vez por eso eran débiles, para poder bailar, aunque fuese encadenadas al suelo, aunque fuesen sólo péndulos a merced de un viento caprichoso. Ese viento apenas perceptible más allá de sus rodillas. Lo conocía bien. En su tierra llovía casi a diario. Aunque las nubes fuesen altas, él las conocía, mentirosas. Sólo ese viento, que llegaba de pronto, era mensajero veraz silencioso, Casandra visible pero inaudita. Sólo el viento hablaba palabras sinceras dando música a las briznas de hierba color verde musgo.

El joven se puso a cubierto. Era aquel baile constreñido el que anticipaba la tormenta.