Miró al cielo. Las nubes eran largas, gruesas, la bóveda celeste no se adivinaba tras ellas. Aún estaban muy altas. La hierba no era ya verde hierba. Era verde musgo. Las briznas crecían fuertes, en el suelo, queriendo ser las cedras de un cepillo recio, pero por naturaleza débiles, flexibles, dóciles. Bailaban al son de un viento suave, a la par, una danza hermética, de grandes círculos, un vals sin piernas; aferradas a la tierra, sin poder escapar de ella. Tal vez por eso eran débiles, para poder bailar, aunque fuese encadenadas al suelo, aunque fuesen sólo péndulos a merced de un viento caprichoso. Ese viento apenas perceptible más allá de sus rodillas. Lo conocía bien. En su tierra llovía casi a diario. Aunque las nubes fuesen altas, él las conocía, mentirosas. Sólo ese viento, que llegaba de pronto, era mensajero veraz silencioso, Casandra visible pero inaudita. Sólo el viento hablaba palabras sinceras dando música a las briznas de hierba color verde musgo.
El joven se puso a cubierto. Era aquel baile constreñido el que anticipaba la tormenta.
2 comentarios:
Ein?
Precioso. Pero ¿qué te ha hecho 2009 para amenazarte? :)
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