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viernes, 29 de julio de 2011

Escenas Madrid - San José


Una chica colombiana, de 31 años, se sentó a mi lado en el avión en Barajas, mientras yo le daba a la nostalgia y ojeaba ese cielo del julio madrileño -ese azul grisáceo, uniforme, sin una gota de agua flotando- con un nudo en la garganta. Cuando me habló, no pude articular respuesta. Mas tarde me contaría que ella regresaba a su país tras cinco años. Iba al funeral de su padre.
(...)

Llegábamos, y yo veía desde lo alto el final de Los Andes, eternos.
El aeropuerto de Bogotá está plagado de policías-perro que guían canes que olisquean bolsas. No me tomé el café de Colombia que me había prometido para cuando pisase el país de García Márquez. Agarré mis maletas y me senté a esperar sin mirar a nadie, mimetizándome con la actitud reinante.
Cuando llegué a San José, a las once de la noche, pude sentir cómo el calor húmedo se agarraba a mis alvéolos para no soltarlos. Poco después, encontré que no encontré los 46 kilos de mi vida que había facturado en Barajas: se habrían perdido entre policías-perro-policía. Agarré mi equipaje de mano y pasé la aduana. Le busqué al otro lado de la cristalera, y ahí estaba. Señalé mis no-maletas para ejemplo de extrañamiento. Su madre llevaba una bienvenida en ramo, con rosas naranjas y rosas.
No sé cuánto tardamos en llegar a casa, pero sí que para mi aquel coche era una nave espacial aterrizando, alunizando, o el verbo que corresponda a 'simplemente cayendo sobre alguna roca espacial desconocida'.
Ahora estaba allí mi casa.

martes, 6 de enero de 2009

Antes de la tormenta (mi metáfora de 2009)

Miró al cielo. Las nubes eran largas, gruesas, la bóveda celeste no se adivinaba tras ellas. Aún estaban muy altas. La hierba no era ya verde hierba. Era verde musgo. Las briznas crecían fuertes, en el suelo, queriendo ser las cedras de un cepillo recio, pero por naturaleza débiles, flexibles, dóciles. Bailaban al son de un viento suave, a la par, una danza hermética, de grandes círculos, un vals sin piernas; aferradas a la tierra, sin poder escapar de ella. Tal vez por eso eran débiles, para poder bailar, aunque fuese encadenadas al suelo, aunque fuesen sólo péndulos a merced de un viento caprichoso. Ese viento apenas perceptible más allá de sus rodillas. Lo conocía bien. En su tierra llovía casi a diario. Aunque las nubes fuesen altas, él las conocía, mentirosas. Sólo ese viento, que llegaba de pronto, era mensajero veraz silencioso, Casandra visible pero inaudita. Sólo el viento hablaba palabras sinceras dando música a las briznas de hierba color verde musgo.

El joven se puso a cubierto. Era aquel baile constreñido el que anticipaba la tormenta.