domingo, 4 de noviembre de 2012

Y los coches rápidos

Le gustaba fumar tabaco. Le gustaba el café. Y los coches rápidos.
A veces, cuando iba a visitarle, había comprado café de Colombia y, a escondidas, lo sacaba del armario, y ponía a hacerse unas tazas para nosotros. Cerraba siempre los ojos con el primer sorbo, y sonreía. A escondidas, claro, desde que le falló la aorta. Y es que, cuando eso ocurrió, hacía tiempo que debía haber dejado de fumar, desde que le había fallado el estómago. Al final de todo, lo que se lo llevó, fue el hígado.
También le gustaban los ordenadores. Cuando su padre, mi abuelo, decidió ponerse a escribir su libro, fue él quien más insistió en enseñarle a usarlos. Era el cómplice de mi padre para jugar wargames de estrategia en la compu. Le gustaba la Historia, los libros. Muchas veces, con el café, sacaba un libro para contar alguna anécdota, y sonreía.
Y es que, hasta para reírse, él era tranquilo. Tenía una risa chiquita e intensa como un grano de café.
Una vez me contó que había visto a mi hermana Zylgrin adelantarle por la A-6, que tenía que ir muy rápido, para haberle adelantado a él. Me pidió que no lo contara, siempre con ese tono entre el reproche y el juego infantil que le provocaba que alguien hiciera algo que a él le gustaba, aunque lo tuviera prohibido.
No sé si tiene ya sentido guardarle el secreto.
Tal vez siento que cuando uno emigra nunca piensa que nadie pueda osar morirse en su ausencia. Cuando uno migra, se marcha con la sensación de que todo seguirá allí, cuando él vuelva. Cuando uno migra, piensa que lo peor que le puede pasar, es tener que volverse.
Pero el mundo sigue su curso, sin uno.
No sé si es estúpido, pero tengo una sensación entre la tristeza y la ira por eso. Y en realidad no sé con quién estoy enfadada; tal vez con él por haberse ido tan pronto; tal vez conmigo, por haberme ido de allá demasiado pronto. Tal vez con el mundo, por seguir su curso.
Tal vez, simplemente, nunca es buen momento para irse.