Mi relación con la ciudad nunca ha sido muy buena. Donde yo crecí había grandes parques frente a la ventana. Madrid siempre me ha parecido una ciudad con más muros que vanos.
Hoy, hablando con una de esas personas que poco a poco se te convierten más en amigos que en compañeros, como sin venir a cuento, me suelta:
"En escribir influye todo, incluso lo que ves cuando miras por la ventana"
La ventana de la casa donde crecí estaba en un noveno piso, lo veía todo lejos, pequeño, mágico y organizado, en perspectiva. Ahora vivo en un primero y desde mi ventana se ve una maraña de árboles, farolas y calles vacías. No se si me he hecho mayor y todo se me viene encima o si, simplemente, es que he perdido la perspectiva.Tras unos días de rodaje intensivos, con muchos compañeros yéndose ya de aquí o pensando en irse, me he dado cuenta de cómo me he reconciliado con Madrid, de cómo la echaría de menos si estuviese lejos. Ayer me asomé por una ventana de un segundo piso, sobre las cinco de la mañana, y puse mi palma -por jugar- sobre un cartel de cerámica que reza "CALLE TOLEDO". Es un ejercicio, dada mi mala memoria: tal vez cuando pase por aquella esquina y vea ese cartel pueda pensar "mis manos lo tocaron una noche", y tal vez entonces, en plan proustiano, venga a mi mente aquella noche, mis expectativas, mis ilusiones. En la madrugada, la Plaza Mayor esaba desierta y las farolas se veían más brillantes que nunca. Hoy desde esa misma ventana respiré el aire húmedo de una tormenta y vi salir dos arcoiris.
Para mi Madrid siempre ha sido una cárcel de paredes grises y altas, con un suburbano lleno de gente llena de mundos interiores que jamás salen a la superficie, como el propio suburbano. Madrid me suele hacer encoger la nariz como una pasa y echar de menos un aire verdaderamente transparente. Madrid es turbia. Madrid en verano se me pega y me hace querer poder cambiar mudas de piel, como las serpientes.
Hace a penas una hora volvía de una sencilla y perfecta cena con tres mujeres sencillas, imperfectas, complejas y perfectas. De esas que merece la pena tener al lado. Y, desde la ventana de mi coche, veía los restos de la lluvia sobre la calle Alcalá, jugaba con el aire fresco que corría entre mis dedos, tan rápido como mi coche se apuraba por salir de nuevo de la ciudad extraña.
En los últimos meses he tenido días en los que pensaba que me estaba reconciliando más y más con la ciudad.
Hoy pienso que, tal vez, depende sólo de la ventana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario