Hoy iba sola. He pasado de largo por la orilla donde solíamos quedarnos a descansar y he seguido río arriba. Mientras más avanzaba, mas se perdía la senda entre la maleza y los helechos; hasta acabarse en un tronco caído que hacía las veces de puente para cruzar el río. Aunque la corteza retumbaba como un tren a cada paso que daba, me ha permitido llegar al otro lado, donde un par de saltos me han permitido llegar a este lugar tan idílico de la foto. Es una foto de móvil bastante ñapas -como todas las de est post-, como comprenderéis el lugar daba mucho más de sí. Desde la roca que véis en la esquina inferior izquierda podía uno saltar al agua, que tenía cerca de metro ochenta de profundidad. Cerca había cascaditas bajo las que me he sentado para sentir la corriente en los hombros. En los pies, en la espalda. Me he tirado un rato al sol, he comido algo y he seguido la marcha río arriba, casi abriendo senda, hasta que he llegado a una de las nacientes del río. Ahí me he parado, que se hacía tarde, tenía que regresar y estaba sola. Me encanta ver cómo sale agua de las rocas, como si nada. Pienso en la cueva que hay detrás, en el río que la recorre, en si podría estar bajándomela con una cuerda y un arnés. Y todo eso por unos chorros de agua naciendo de unas rocas plagadas de musgo.Siempre falta algo. O alguien. Es curioso cómo mi cabeza tiende a ver qué es lo que falta, en vez de ver lo que hay. Es curioso cómo percibo mejor lo que no veo que lo que veo. En general, me pasa con las personas. Cuando veo algo hermoso, pienso: "ojalá pudiese enseñarle esto a X". Pero con las necesidades cubiertas, me ocurre igual. Solo veo lo que me queda por cubrir.
Cuando más me pasa, es cuando algo me hace sentir plena. Por ejemplo, hace unos días, mirando el atardecer desde los acantilados de Cuerres, sentía que no necesitaba nada más en el mundo. Sólo estar allí, escuchando la rompiente a yoquesé cuántos metros bajo mis pies colgantes de la roca, con la brisa fresca en la cara y las piernas. Hasta que en una punzada piensas en todo y todos los que son importantes aún para tí, y te replanteas si verdaderamente no necesitas nada más en el mundo.Es algo que he estado pensando esta tarde cuando ya había emprendido el camino de regreso. Entre los tramos de río y de sendero había árboles tan viejos que parecían Ents, algunos parecía que se iban a echar a andar y a hablar de un momento a otro.
Tal vez lo más curioso de algunos de ellos es que estaban completamente huecos por dentro. Tenían unos boquetes tan grandes que era impresionate que las ramas tuviesen un follaje tan frondoso. Parecía increíle que siguiesen tan, tan vivos. Algunos, como el que os muestro, podrían albergar varias personas dentro. Ese debía tener un hueco como de dos metros de altura y casi uno de ancho.
Ahora, con perspectiva, pienso que lo que hacía excepcionales esos árboles eran precisamente esos enormes boquetes. Sin ellos, los árboles no serían TAN apasionantes. Tal vez sea así de simple. Tal vez sea el vacío -ese hueco enorme, que hace patente que algo falta, a pesar del que se sigue luchando por demostrar que aún se está muy vivo- lo que nos hace, de verdad, excepcionales.
2 comentarios:
Cuánta razón tienes... vas a conseguir hacerme llorar un día de estos.
Me identifico tanto contigo, querida Amaya, especialmente cuando escribes con el corazón como ahora.
Un besazo.
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