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lunes, 18 de abril de 2011

Una buena época

Como algunos sabéis, a finales del mes pasado me mudé a vivir con mi chico. Tenemos un apartamentito cerca de la Plaza de los Cubos. Los días pasan uno tras otro y, así llevamos aquí casi tres semanas. Estamos muy tranquilos. Es una buena época. Hoy bajaba Gran Vía hacia Plaza de España, tras salir de un estudio de sonorización en un ático con unas vistas alucinantes, y caía en la cuenta de lo agusto que estoy viviendo en Madrid. La verdad es que el pisín es agradable y nos ha salido bien de precio. En general nos cuidamos bastante.
A veces echo de menos a mis ex-compañeros de piso, todo sea dicho, y aquellas partidas de Catán y Munchkin con revanchas que confirmaban el eterno retorno, y aquellas charlas sustanciosas o insustanciales, y aquella guitarra chicharrerovallecana, parafraseando malamente a Sabina. También fue una buena época, aunque difícil.
Difícil, y no se me olvida, porque siempre son complicadas las épocas "sin curro". Ahora me parece que son simplemente épocas "entre dos proyectos", pero creedme, cuando las estás viviendo y, día tras otro no sale nada, no las ves así ni de broma. Se hace duro.
Cuando ya llevaba un mes y medio sin nada, por exigencias del guión, me busqué un trabajo de cualquier cosa, a media jornada, para poder seguir desarrollando mis propias historias la otra media. Pero, la verdad, currar "de cualquier cosa" estaba muy cerca a "rendirse". Sencillamente ya no podía más, no me quedaba ni una pizca de esperanza, y había asumido que tendría trabajos de ese tipo por una buena temporada, con la frustración que eso me conllevaba. Y es que intentaba, intentaba, y no salía nada. La verdad, fue un palazo que se cayese la pasta de peli en la que iba a entrar para mediados de febrero, pero poco a poco algo me dice que me voy acostumbrando a los hostiones. Así que finalmente me busqué un curro del tipo "comercial", pero que pagaba el alquiler.
Cuando llevaba un par de semanas me costaba levantarme todos los días.
Un día después de que mi chico y yo nos mudásemos me llamaron de una productora pequeña, para que fuese a una entrevista esa misma tarde (era jueves) y el viernes por la mañana me llamaron diciendo que empezara el lunes.
Estas cosas que me pasan parecen corroborar aquello de que sólo cuando se renuncia al ego y se ajustan las expectativas a las necesidades, es cuando la realidad decide caminar un poquito hacia lo que esperabas. O algo así.
Así, un día tras otro, ya llevo dos semanas en el nuevo trabajo, y todo va bien. Hay muchísimo quehacer, pero el nivel de estrés es mucho inferior al que he vivido en otros casos, sobre todo porque el equipo (y los jefes) está muy implicado.
Este finde ha venido de visita nuestro amigo YeiYei. Fue el cumpleaños de mi primo Sito, nos pasamos por allí el sábado. El domingo nos tiramos el día trotando, trepando y tirados al Sol en la Casa de Campo. Hoy he venido pronto y, en un rato, me voy a mi ex-casa a ver el primer capítulo de Juego de Tronos con mis ex-compis de piso y, felizmente, amigos.
Es una buena época.
Lástima que se acabará algún día.
C'est la vie...

sábado, 3 de julio de 2010

Días que me gusta Madrid

Mi relación con la ciudad nunca ha sido muy buena. Donde yo crecí había grandes parques frente a la ventana. Madrid siempre me ha parecido una ciudad con más muros que vanos.

Hoy, hablando con una de esas personas que poco a poco se te convierten más en amigos que en compañeros, como sin venir a cuento, me suelta:

"En escribir influye todo, incluso lo que ves cuando miras por la ventana"


La ventana de la casa donde crecí estaba en un noveno piso, lo veía todo lejos, pequeño, mágico y organizado, en perspectiva. Ahora vivo en un primero y desde mi ventana se ve una maraña de árboles, farolas y calles vacías. No se si me he hecho mayor y todo se me viene encima o si, simplemente, es que he perdido la perspectiva.

Tras unos días de rodaje intensivos, con muchos compañeros yéndose ya de aquí o pensando en irse, me he dado cuenta de cómo me he reconciliado con Madrid, de cómo la echaría de menos si estuviese lejos. Ayer me asomé por una ventana de un segundo piso, sobre las cinco de la mañana, y puse mi palma -por jugar- sobre un cartel de cerámica que reza "CALLE TOLEDO". Es un ejercicio, dada mi mala memoria: tal vez cuando pase por aquella esquina y vea ese cartel pueda pensar "mis manos lo tocaron una noche", y tal vez entonces, en plan proustiano, venga a mi mente aquella noche, mis expectativas, mis ilusiones. En la madrugada, la Plaza Mayor esaba desierta y las farolas se veían más brillantes que nunca. Hoy desde esa misma ventana respiré el aire húmedo de una tormenta y vi salir dos arcoiris.

Para mi Madrid siempre ha sido una cárcel de paredes grises y altas, con un suburbano lleno de gente llena de mundos interiores que jamás salen a la superficie, como el propio suburbano. Madrid me suele hacer encoger la nariz como una pasa y echar de menos un aire verdaderamente transparente. Madrid es turbia. Madrid en verano se me pega y me hace querer poder cambiar mudas de piel, como las serpientes.

Pero pese a la huelga de Metro, hay días en los que me reconcilio con Madrid.

Hace a penas una hora volvía de una sencilla y perfecta cena con tres mujeres sencillas, imperfectas, complejas y perfectas. De esas que merece la pena tener al lado. Y, desde la ventana de mi coche, veía los restos de la lluvia sobre la calle Alcalá, jugaba con el aire fresco que corría entre mis dedos, tan rápido como mi coche se apuraba por salir de nuevo de la ciudad extraña.
En los últimos meses he tenido días en los que pensaba que me estaba reconciliando más y más con la ciudad.

Hoy pienso que, tal vez, depende sólo de la ventana.