martes, 12 de octubre de 2010

...sueños son

Estaba en la vieja casa de piedra de mi bisabuela. No tenía la misma entrada, ni la misma fuente en el jardín, ni siquiera las escaleras de granito que llevaban al porche. Pero yo sabía que era la misma casa. Aquella en la que pasé tantísimo tiempo de niña. Y tan bueno.
Estaba sola. Llamaban a la puerta y yo salía a ver quién era. Un señor mal rasurado me decía que venían a llevarse la chatarra vieja de la parte de atrás del caserón, que si no me habían avisado. Yo sonreía, decía que no sabía nada, y el me explicaba que era para dejar la casa en mejor estado y que ellos venderían la chatarra vieja para sacar algo de dinero, con lo difícil que está la cosa, sabe usted...
Le acompañé entonces a la parte de atrás, sin cerrar la puerta, y él empezó a sacar hierros viejos, somieres oxidados, barras inservibles. Llegaron unos cuantos compañeros suyos a ayudarle a sacar todo aquello que para mi era basura. En estas, me di cuenta de que no había comprobado lo que me contaba, y cogí el teléfono para llamar a alguien y preguntar. Me alejé del lugar de los somieres rotos, fui hacia la puerta principal, donde le había encontrado por vez primera.
En la entrada de la casa de mi bisabuela había una larga hilera de operarios, todos con la misma pinta que el primero, con la barba a medio rasurar, el mono mal cerrado, la camiseta blanca sucia y sudada... Todos sacando los muebles del interior de la casa. Un sofá verde. La lámpara de pie. Una mesilla. Todos. En fila.
Yo les decía que no podían llevárselo, pero no me escuchaban. Intentaba pararles, pero se lo llevaban todo sin titubear. Todos tenían media sonrisa, como si supieran algo que yo no sabía.
Mientras intentaba conseguir que no desvalijaran la casa, me acerqué a la furgoneta de fondo eterno en la que metían todo el mobiliario. Escuché un golpe atronador.
Cuando me di la vuelta, una enorme bola de acero, suspendida por una cadena de Dios sabe dónde, pendulaba directamente hacia el edificio. Unas grúas tiraban algo indescriptible encima. En dos minutos la casona, vacía, era escombros. Sólo quedaba en pie la vieja verja verde de la entrada. Y la valla de red que separaba la parte de atrás, donde mi tío solía guardar la moto y donde hasta hacía cinco minutos estaban los somieres oxidados.
Los operarios ya no estaban. Se habían ido. Llegó mi madre, en coche, se puso a intentar solucionarlo, a hablar por teléfono con gente insospechada.
Y yo no paraba de decirle con mi mente que no podía hacer nada, que la casa ya no estaba, y que nunca más estaría.
Verdaderamente, a veces el subconsciente es tan poco sutil que resulta casi obsceno.

6 comentarios:

Laura dijo...

Míralo por el lado bueno: al menos no tienes que gastarte una pasta en psiquiatría para saber qué ocurre XD

M. San Felipe dijo...

Yo el otro día soñé con extraterrestres. No los veía, sólo se anunciaban.
¡me levanté acojonada!

Laura dijo...

Al despertar me he acordado de ti y de esta entrada porque anoche tuve un sueño evidente. ¿Nos estaremos volviendo obvias?

La mujer del médico dijo...

Ey, ey, que Orsonbuels le llamó a mi sueño "poético" y habló de "metáforas", no podemos ser tan obvias, pues...
jajajaja

Laura dijo...

Vale, entonces no soñamos cosas evidentes, soñamos cosas metafóricas.

Zylgrin dijo...

No te preocupes, no es tan evidente. Puede significar cosas diferentes a diferentes personas. Pero dicen que el que mejor puede interpretar los sueños es uno mismo.
... qué especial era aquella casa...