Ayer llovía con timidez en Pozuelo cuando llegué a la entrevista. Estaba a punto de entrar a hablar con uno de los directivos de una agencia de publicidad participada por un gran grupo audiovisual de este país. El salario que ofrecían era una mierda, lo sabía, y el sitio estaba lejos. Pero el trabajo estaba bien, de secretaria de producción; una forma, pienso yo, mucho más cómoda de pasar a ser “ayudante de” sin tener que pasar por la cadena parado-meritorio-auxiliar-parado-auxiliar-consuerteayudante que define esta profesión.Él era un ejecutivo cuarentón en vaqueros y camisa oscura; yo representaba el papel de la jovencita ambiciosa y capaz a la que no le detiene un semáforo en rojo. Solté un par de inconveniencias, un par de tacos, y un par de reflexiones sobre la publicidad y la producción como forma de vida. Así le tanteaba. A veces reía con timidez. Él, no yo. Mi timidez más bien escasea cuando me las doy de segura. Otras veces, se sonreía escandalizado. Otras, las más, me miraba con curiosidad y juicio, mientras compartía conmigo su sabiduría. Yo, de esas, lo miraba con los ojos grandes de aprendiz, y empezaba cada frase con “a mi modo de ver”, “desde mi modesta experiencia” o “tal vez podría ser que”.
Pasó a describirme el puesto. Prepro, prepro, prepro. Yo, a valorarlo. Es la mejor parte. Siempre lo he dicho. Yo: “prefiero la prepro, es la mejor fase”. Él: “Sí”. Yo: “La producción en set es bastante aburrida, mucho mejor antes, ir consiguiendo que salga todo”. Él: “Sí, en set, bueno, el set es un coñazo”. Yo “Sí. Yo siempre que he hecho bien mi trabajo en set me he aburrido. Si haces bien la prepro, en set te pasas el día fumando, bebiendo café y mirando el reloj entre escenas”. Él ser ríe y asiente con los ojos entrecerrados.Suelta que mi perfil le interesa. Que por qué a mi me interesa la producción. Yo, que simplemente me gratifica ver que el trabajo sale, coordinar el equipo, conseguir que se avance. Él, que le gusta mi enfoque de la profesión. Yo que para cuándo sería. Él que la semana que viene.
Ya estaba hecho. Que me llamará para ver cómo entro y cuándo. Que seis meses e indefinido.
Pero…
Todo tiene un pero.
Caigo en que el horario coincide con mi beca Ibermedia. Nunca tuve el don de la ubicuidad. Si salgo de trabajar a las siete de Pozuelo, no podré estar a las siete en Príncipe Pío, recibiendo formación para trabajar en esto. No puedo coger el trabajo.
Pero…
No digo nada de horarios. Le alargo la mano. Mientras, él acerca la cara, yo “bueno dos besos”, él “lo siento” (mientras me toma el hombro para acercar su cara). Me marcho. Al coche. Atasco. Pienso. Atasco. Pienso. A las 19:00. A las 19.00.
Pero…
Atasco.
¿No es, acaso, la formación un medio para el trabajo? ¿No es “saltarse un paso” empezar a trabajar ya en esto? Mal salario. Publicidad. Horas extras. Pero es asomar mi naricilla profesional por fin por el lugar donde quería asomarla.
Atasco.
Perder mi beca Ibermedia o perder una oportunidad de trabajo en el campo que me gusta, un campo en el que las oportunidades escasean y en una gran empresa.
Perder o perder.
Atasco. Haga lo que haga voy a arrepentirme.
¿Qué hago?
Esperar. Esperar a que me llame y negociar el horario. Y tener paciencia. I know how to play, voy a negociar con el jefe de ventas de la agencia. Estoy perdida, con esta gente nunca se gana, y menos aún si te sacan 20 años.
Pero…
En fin, ya volverá la oportunidad si ha de hacerlo, en un año, dos, o los que sean menester. Me arrepentiré, pero de momento, por lo que he meditado, si he de elegir me quedo con la beca Ibermedia. Por fin va fluida la M40.Pero...
Me quedo con la certeza de que da igual lo que decida. Haga lo que haga, me estaré equivocando.