Como algunos sabéis últimamente he hecho muchísimas horas de coche. La soledad, los silencios y la música muchas veces me hacen viajar tanto o más que los kilómetros recorridos. Llevo dos semanas sin escribir y es que mi mente, mi tiempo y mis pasiones están tan atareados que los días pasan por mi disimulando, sin hacerse ver, tan llenos de momentos curiosos que merecerían ser contados que resulta difícil sentarse a escribirlos. Pero voy a hacer un esfuerzo y a iros contando cosas desde ya, a volver a actualizar más a menudo, que si no se acumulan y después no se por dónde empezar.
En las últimas semanas parece que estoy recobrando cierta capacidad de creer en lo mejor de la gente. Tal vez me equivoque pero, desde luego, me da bastante paz. Hace un tiempo, en una conversación con mi amigo Zares, empecé a entender que todo es superable. Algún tipo de germen medio mitológico sembró aquella charla en mi cabeza que, regado por mil situaciones, ha hido echando raíces en mi cerebro. Y es que, con el tiempo, lo que necesitamos viene a nosotros con naturalidad, siempre y cuando no perdamos la cabeza mientras intentamos alcanzarlo hasta el punto de que nos deje de hacer felices.
Y eso pasa mucho. Lo de perder la cabeza, digo.
Así que, en general, últimamente he dejado de estar preocupada por todo. Ese sería un buen resumen. Siento que me estoy recuperando. Que soy más yo, más lo que me da la gana, menos lo que pienso que pueda esperar nadie. Y, curiosamente, funciona.
Hay muchas cosas buenas en el mundo como para estar de morros.
sábado, 6 de noviembre de 2010
viernes, 22 de octubre de 2010
Carretera abandonada EXT/DÍA
De vez en cuando hay razones para sentir una felicidad serena y efímera, insustancial y, pese a todo, completa. Son instantes en los que nada necesita tener sentido, en los que nada importa; instantes de soledad y plenitud por la vida que uno lleva. Son sólo eso, instantes, llenan huecos entre vacío vital y vacío vital, pasan como sin querer ser vistos y es muy difícil retenerlos.Tal vez dependa de las gafas que lleve puestas ese día, pero hay veces que ni los diviso y otras que me invaden sin pudor alguno. Así ven mis ojos la realidad.
Hoy he salido a localizar a un pueblecillo abulense al sur de la Sierra de Gredos. El cortometraje de aquellas promesas de nuestro cine, del que ya os he hablado alguna vez, se va a rodar parcialmente allí.
A pesar de mi embrollo inicial con las carreteras, llegué a la M501, una carretera que no pillaba desde que, hace años, fui a conocer a la nueva chica de mi ex-cuñado Slanter. No puedo evitar recordarle con muchísimo cariño. Tras pasar Navas del Rey, la carretera se hace más carretera y menos autopista. Sonaba un CD que aún tengo que copiarle a mi amiga La Vaga, y que ya no puede menos que recordarme a nuestro Camino de Pelayo, este verano. Escribiría un larguísimo post contemplativo, pero todo era precioso. Los chopos, los pinares, los abedules, incluso algún castaño. Las hojas, los colores, el caudal sereno del Río Alberche. Y sabéis las ganas que tenía de conducir un buen rato yo sola viendo el mundo pasar a mi lado a unas cuantas decenas de kilómetros por hora.
El pueblo era, como muchos de la sierra cercana a Madrid, antiguo en el casco histórico y rematadamente nuevo en las casitas que los urbanitas se habían construido en las afueras. En la Plaza de la Villa, en la que sólo había una farola testimonial, estaba el Ayuntamiento. Allí me ha recibido el alcalde, Serafín, un señor risueño y campechano, curva de la felicidad prominente, que habla como a quien le cabe su villa en la palma de su mano. Creía que iba a pedirle dinero, claro. Le he dicho que para nada, que quería charlar, que nos conociera, que supiera que íbamos a rodar allí, que conociese el proyecto... Y que nos echara un cable con la logística que nos hiciese falta.
Como muchos puestos castellanos, aún en la serranía, este es un pueblo con castillo. Un castillo, orgullo de Don Serafín -"podéis grabar allí" decía, "es un sitio muy bonito y con mucha historia"- pero de escaso interés para nuestras necesidades narrativas. Con ciertos ojillos de decepción Serafín atendió a mis necesidades mundanas, comida, un techo, una carretera abandonada. Hizo unas llamadas y mandó a alguien a llevarme a una carretera abandonada. "Bueno, ya me dirás que necesitas para que me organice", decía al despedirse. Una charleta más acerca de su villa, del castillo y los pinares que la circundan, y el orgulloso alcalde entró, con las manos en los bolsillos, de nuevo a su despacho con banderas y mesa de madera brillante.
Llegó un buen hombre, larguirucho, con el pelo negro, la tez clara, los ojos negros y los dientes del color del tabaco que con cuatro palabras se ofreció a llevarme a ver carreteras abandonadas. Nos fuimos es su 4x4-furgonetero (extraño híbrido) y toscamente me explicaba cuáles eran los sitios que le parecían buenos. A penas sí soltaba palabras, pero era el mismo orgullo, a su estilo, de su tierra. Sólo había que alabrársela para que el hombre quisiese enseñar más y más cosas nuevas.
Hemos estado charlando, y me ha puesto en contacto con otra mujer, creo que era Margarita, que limpia en unas casitas que alquilan algunos fines de semana a grupos de senderistas. Gracias a ella, hemos llegado a Don Ricardo, una suerte de Amo de Llaves del lugar que, henchido tras unos cuantos piropos a los pinares de la zona, ha accedido a enseñarme las casas para que hiciese algunas fotos. Para allá fuimos. Me ha dado otro teléfono y me ha dicho un buen precio.
Y, mientras, Juan seguía devanándose la cabeza sobre como ayudar a estos pobres urbanitas cineastas sin un duro a que no se arruinaran dando techo y comida a veinte personas.
Era tardísimo y he tenido que pillar el coche para regresar a Madrid, donde tenía una reunión con los chicos de teatro. Como podéis imaginar, según cruzaba de vuelta el Río Alberche, he vuelto a disfrutar el paisaje, vuelto a pensar en las personas que conocía por la zona, y en las nuevas adquisiciones humanas que sumar a mi memoria, como el rosado Serafín, Juan el de los dientes ámbar, Margarita, y el casi travieso Ricardo. Y me da por pensar que cada una de esas personas es una vida, una historia. Y, encima, las hojas de los árboles tienen medio millar de colores en esta época del año.
No es sólo que me guste hacer bien mi trabajo. Es que me gusta mi manera de vivirlo. Qué le voy a hacer, cada experiencia así se me enreda en el alma y me expande un poco mi visión sobre la naturaleza humana, si es que tal concepción existe.
Y es que la vida es dolorosamente hermosa de vivir, chicos.
martes, 19 de octubre de 2010
60.000 kilómetros
Esto más que un post es un vómito.
Hoy volvía andando de dejar mi coche en el taller para la revisión de los 60.000 y un viejo se ha puesto a gritarle "puto negro" a un tío que pasaba por la calle, diciéndole que aquí no pintaba nada, que aquí la derecha manda y que se fuese a África, a Angola o a de donde coño fuese.
Yo sólo he dicho "Déjele en paz, coño".
Aunque quería decir: "Viejuno, debería usted irse a Angola con una mano delante y otra detrás y sin nadie que le echase un cable. A ver lo que duraba."
Dos personas más que pasaban por allí se han puesto a vocear los argumentos del viejuno.
¿Por qué a las personas no se las lleva a pasar la revisión cada 60.000 kilómetros?
Sigh...
Hoy volvía andando de dejar mi coche en el taller para la revisión de los 60.000 y un viejo se ha puesto a gritarle "puto negro" a un tío que pasaba por la calle, diciéndole que aquí no pintaba nada, que aquí la derecha manda y que se fuese a África, a Angola o a de donde coño fuese.
Yo sólo he dicho "Déjele en paz, coño".
Aunque quería decir: "Viejuno, debería usted irse a Angola con una mano delante y otra detrás y sin nadie que le echase un cable. A ver lo que duraba."
Dos personas más que pasaban por allí se han puesto a vocear los argumentos del viejuno.
¿Por qué a las personas no se las lleva a pasar la revisión cada 60.000 kilómetros?
Sigh...
martes, 12 de octubre de 2010
...sueños son
Estaba en la vieja casa de piedra de mi bisabuela. No tenía la misma entrada, ni la misma fuente en el jardín, ni siquiera las escaleras de granito que llevaban al porche. Pero yo sabía que era la misma casa. Aquella en la que pasé tantísimo tiempo de niña. Y tan bueno.
Estaba sola. Llamaban a la puerta y yo salía a ver quién era. Un señor mal rasurado me decía que venían a llevarse la chatarra vieja de la parte de atrás del caserón, que si no me habían avisado. Yo sonreía, decía que no sabía nada, y el me explicaba que era para dejar la casa en mejor estado y que ellos venderían la chatarra vieja para sacar algo de dinero, con lo difícil que está la cosa, sabe usted...
Le acompañé entonces a la parte de atrás, sin cerrar la puerta, y él empezó a sacar hierros viejos, somieres oxidados, barras inservibles. Llegaron unos cuantos compañeros suyos a ayudarle a sacar todo aquello que para mi era basura. En estas, me di cuenta de que no había comprobado lo que me contaba, y cogí el teléfono para llamar a alguien y preguntar. Me alejé del lugar de los somieres rotos, fui hacia la puerta principal, donde le había encontrado por vez primera.
En la entrada de la casa de mi bisabuela había una larga hilera de operarios, todos con la misma pinta que el primero, con la barba a medio rasurar, el mono mal cerrado, la camiseta blanca sucia y sudada... Todos sacando los muebles del interior de la casa. Un sofá verde. La lámpara de pie. Una mesilla. Todos. En fila.
Yo les decía que no podían llevárselo, pero no me escuchaban. Intentaba pararles, pero se lo llevaban todo sin titubear. Todos tenían media sonrisa, como si supieran algo que yo no sabía.
Mientras intentaba conseguir que no desvalijaran la casa, me acerqué a la furgoneta de fondo eterno en la que metían todo el mobiliario. Escuché un golpe atronador.
Cuando me di la vuelta, una enorme bola de acero, suspendida por una cadena de Dios sabe dónde, pendulaba directamente hacia el edificio. Unas grúas tiraban algo indescriptible encima. En dos minutos la casona, vacía, era escombros. Sólo quedaba en pie la vieja verja verde de la entrada. Y la valla de red que separaba la parte de atrás, donde mi tío solía guardar la moto y donde hasta hacía cinco minutos estaban los somieres oxidados.
Los operarios ya no estaban. Se habían ido. Llegó mi madre, en coche, se puso a intentar solucionarlo, a hablar por teléfono con gente insospechada.
Y yo no paraba de decirle con mi mente que no podía hacer nada, que la casa ya no estaba, y que nunca más estaría.
Verdaderamente, a veces el subconsciente es tan poco sutil que resulta casi obsceno.
Estaba sola. Llamaban a la puerta y yo salía a ver quién era. Un señor mal rasurado me decía que venían a llevarse la chatarra vieja de la parte de atrás del caserón, que si no me habían avisado. Yo sonreía, decía que no sabía nada, y el me explicaba que era para dejar la casa en mejor estado y que ellos venderían la chatarra vieja para sacar algo de dinero, con lo difícil que está la cosa, sabe usted...
Le acompañé entonces a la parte de atrás, sin cerrar la puerta, y él empezó a sacar hierros viejos, somieres oxidados, barras inservibles. Llegaron unos cuantos compañeros suyos a ayudarle a sacar todo aquello que para mi era basura. En estas, me di cuenta de que no había comprobado lo que me contaba, y cogí el teléfono para llamar a alguien y preguntar. Me alejé del lugar de los somieres rotos, fui hacia la puerta principal, donde le había encontrado por vez primera.
En la entrada de la casa de mi bisabuela había una larga hilera de operarios, todos con la misma pinta que el primero, con la barba a medio rasurar, el mono mal cerrado, la camiseta blanca sucia y sudada... Todos sacando los muebles del interior de la casa. Un sofá verde. La lámpara de pie. Una mesilla. Todos. En fila.
Yo les decía que no podían llevárselo, pero no me escuchaban. Intentaba pararles, pero se lo llevaban todo sin titubear. Todos tenían media sonrisa, como si supieran algo que yo no sabía.
Mientras intentaba conseguir que no desvalijaran la casa, me acerqué a la furgoneta de fondo eterno en la que metían todo el mobiliario. Escuché un golpe atronador.
Cuando me di la vuelta, una enorme bola de acero, suspendida por una cadena de Dios sabe dónde, pendulaba directamente hacia el edificio. Unas grúas tiraban algo indescriptible encima. En dos minutos la casona, vacía, era escombros. Sólo quedaba en pie la vieja verja verde de la entrada. Y la valla de red que separaba la parte de atrás, donde mi tío solía guardar la moto y donde hasta hacía cinco minutos estaban los somieres oxidados.
Los operarios ya no estaban. Se habían ido. Llegó mi madre, en coche, se puso a intentar solucionarlo, a hablar por teléfono con gente insospechada.
Y yo no paraba de decirle con mi mente que no podía hacer nada, que la casa ya no estaba, y que nunca más estaría.
Verdaderamente, a veces el subconsciente es tan poco sutil que resulta casi obsceno.
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jueves, 7 de octubre de 2010
Betta Splendens
Huelga decir, y aún así lo escribo, que he decidido darle un lavado de cara a mi blog. Nos hablaban en Comunicación Coroprativa de la necesidad de comunicar los cambios. Creo yo que la mejor forma de comunicarlos, es aplicándolos.Con gran dolor de mi corazón he quitado la imagen de Mickey Rourke y Matt Dillon en La Ley de la Calle, de Francis Ford Coppola; de la cabecera. Aunque un trocito del Motorcycle Boy y otro de Rusty James me temo que siempre seguirán aquí conmigo, diciéndome de dónde vengo. Y, por supuesto, mi realidad dejaría de ser la mía sin ese pez luchador de Siam, que me recuerda lo hermosa -de ver- y dolorosa -de compartir- que resulta ser la vida de las personas destinadas a nadar en las mismas aguas.
martes, 5 de octubre de 2010
Octubre de proyectos
Hay veces que pienso que lo único que tengo en mi vida son proyectos. Proyectos de algo, realidades de casi nada. Pero tampoco es algo grave: mientras los haya, afortunada me siento.De momento sigo en la productora, aprendiendo cada día algo nuevo. En teoría acabo el viernes pero mi jefe, que está de viaje y me dejó con una serie de 'tareas', no para de decirme "eso lo vemos la semana que viene". Así que he decidido ser maja y venir, al menos, el lunes también. Y luego ya se verá.
Ya se verá, digo, porque en breve empezaré a colaborar en el nuevo proyectillo cortometrajil de unas personas que, con todo, creo que son unas de las grandes promesas del cine de nuestro país. A su estilo. Pero es que lo básico, para estas cosas, es tener estilo. Les conocí en otro rodaje del que ya os conté mis andanzas el año pasado, del que salí "bien, aprendiendo" y que dio por resultado un cortometraje que a mi, personalmente, me puso los pelos de punta el día que lo vi por primera vez en una sala de cine. Que está por todos lados y que espero que llegue aún a más. Y que, si no habéis visto, deberíais ver.
Por otra parte, estoy a pachas con un par de compañeros de la diplomatura de producción para intentar rodar un videoclip a un grupo. Es en 8 mm, mola; como siempre no hay un duro, y la semana pasada estuve charlando con uno de ellos acerca de la creatividad y viablidad del proyecto. A ver en qué queda. De momento estoy rompiéndome un poco la cabeza con la cadena de contratación, porque los procesos no son exactamente los mismos que en cine y la legislación también tiene sus matices, pero vamos a intentar que todo salga con la menor cantidad de "problemas potenciales" posibles. Y si además nos lo pasamos bien con el 8 milímetros (espero no sufrir mucho por los rollos), pues una experiencia nueva.
Y finalmente, esta semana he empezado a escribir también para un par de blogs; uno de cine y otro fundamentalmente sobre cortometrajes. El primero es más por mantenerme informada, pero con el segundo me lo paso pipa diciendo lo que me da la gana. Eso también me ayuda a mantenerme ocupada, pese a que mi curro en esta producción (en la oficina de la productora) esté a punto de concluir, y me preocupe.
Y sentimentalmente estoy exhausta y sigo bastante filofóbica (excepto hacia mi familia, gracias al Cthulhu). Me apetece pirarme de este país una temporada y olvidarme de todo el mundo menos de mi misma. Ya, sé que suena horrible. Pero en fin, va a ser que no tengo tantos huevos como me pintan. De momento parece que me quedo, no se muy bien esperando qué.
Sigo mareándome la cabeza con la política de este país, el paro vuelve a subir y ya no es noticia que la vida está jodida. Así que, como digo siempre, a mantenerse activos. O eso intento, pero vamos, que pa' mi lo complicado es no perder el norte y pensar que quizá al menos dos de cada cinco proyectos salgan adelante de forma apropiada y que al menos la mitad de estos acabarán sirviendo para algo. A ver si octubre un de proyectos hace un diciembre de realidades...
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miércoles, 22 de septiembre de 2010
El arte de amar (Fromm)
Diréis que últimamente sólo leo libros de amores y desamores. Pero hace ya un par de semanas que terminé con El arte de amar, de Erich Formm, que llevaba en mi librería intacto más tiempo del que soy capaz de admitir en público.He de reconocer que aquí tampoco hay mucho que coincida con mi forma de ver las cosas. Fromm habla de la necesidad del hombre de romper la "separatidad" como origen de la necesidad de amar. Bueno. Dice que no tenemos ni idea, que la mayoría de la gente se preocupa por ser amado, no tanto por amar. Eso tal vez. Desde luego coincido en que la gente se pasa mucho más tiempo buscando cómo ser amado que amando. Pero, en general, me ha parecido un libro con unas ideas del amor demasiado convencionales y bastante dañinas, sobre todo a la hora de describir los "tipos" de amor (paternal, materno, a uno mismo, erótico y a Dios).
Algo que plantea el libro y que sí me ha resultado interesante es la idea del caracter mercantilista del amor en la actualidad: postula que el sistema capitalista liberal hace que "demos a cambio de algo (que queremos)". Pero vamos, que lo pinta como algo malo. Y creo que yo no podría estar más en desacuerdo. No entiendo por qué ha de ser negativo querer correspondencia. OK, puede ser negativo si te hace daño no ser correspondido. Pero es que creo que el quid está en entender que la gente puede no amarte como tú a ellos, que al igual que tú decides a quién amas y a quién no, ellos deciden. Si les das ese derecho, no tiene lógica sufrir porque no correspondan. Pero no veo por qué debería alguien dejar de requerir algún tipo de retorno positivo de las personas a las que ama. Y para seguir... dudo mucho que el carácter mercantilista del amor sea algo moderno.
Pero, bueno, el libro está bien para pasar un rato teorizando acerca del amor, aunque sólo sea mientras se rebanten las ideas de Fromm.
Ahora que yo últimamente estoy un poco filofóbica, cada vez llevo peor lo de establecer lazos con la gente que puedan generar cualquier tipo de dependencia del retorno que entregan a cambio del amor que pueda dar yo. Tiendo a ser distante, ya se me pasará.
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