Pipiola, sí, así me ví cuando la suerte me visitó de nuevo y me ofrecieron colaborar, de forma eventual, en la sección local de uno de los periódicos más importantes de España. "Serán sólo breves", pensé, y al mes comenzaron a salir en las letras impresas algo más que mis iniciales. Compréndanme, me espanta. Se me viene grande, enorme, y aún cuando ya he publicado media docena de cosas que van más allá de un breve en el diario, no me acostumbro al peso de esas letras impresas. Veintitrés añitos, me digo, y lo último que quiero es que algún compañero me pregunte, oye, ¿eres tú? Y yo me pregunto, como en el chiste, ¿seré yo, maestro?
No me malinterpreten, valoro la oportunidad, pero me espanta, por la responsabilidad y por las perspectivas (humanas). Porque siento que no lo merezco, que soy muy joven, que habría cientos, si no miles; que querrían estar en mi pellejo.
Fue horrible tener que contactar con el padre de un niño que murió electrocutado en Coslada hará un mes, ¿recuerdan la noticia? Yo sí. Creo que la recordaré muchos, muchos años. Se llama Salvador, y el niño se llamaba Fernando. Y sabéis lo terrible que soy yo con los nombres.
Esta semana, en la que he trabajado con más ahínco, ha sido dura, señores, muy dura. Tanto que me ha hecho abrir una nueva categoría para poder dejar de dar la lata a mi madre soltándole a ella todos mis temores e inquietudes.
Para los eventuales, sólo hablaré de periodismo, y de mí, y de periodistas, y de personas. A veces habrá cosas malas, a veces buenas, espero.
El lunes por la mañana desperte y una mujer (Crstina) había muerto en un incendio en Alcalá. Me fui a cubrirlo y, sin demasiado esfuerzo, preguntando a los vecinos y pasando frente al edificio vacío un par de horas, conseguí enterarme de mil cosas, todos se asombraban de que la mujer estuviera en el 12 cuando ella vivía en el 11, y algunos contestaba, "es que había subido a avisar por los timbres..." y los otros "ay, qué pena". Tener una oreja a cada lado, la casualidad de las conversaciones y la suerte, me hicieron tener lo que mi jefa denominó una "exclusivilla". Que la mujer murió por entretenerse en avisar a sus vecinos. Por la tarde, a "recomendación" de mi jefa, fui al tanatorio a tratar de hablar con la familia.
¿Parece fácil? ¿No? No lo parece, claro. Pues con la cantidad de cosas difíciles que parecen fáciles, imagínense lo difíciles que serán estas cosas que per se parecen difíciles. Con tacto, logré hablar con la hermana y el cuñado de la pobre Cristina. Me acerqué a ellos teniendo en cuenta que de ninguna forma podía incurrir en el morbo.
Mis jefes me dieron cuatro columnas.
No dormí en toda la noche, pensando que todo lo había hecho mal. Señores, no es una exclusiva, sólo pregunté, pasé iempo allí y, fíjense, contrasté datos.
Datos. Señores, si quieren flipar de la mierda de periodismo que se puede llegar a hacer sigan leyendo.
El martes publiqué que la mujer que estaba ingresada grave en el hospital de la Paz era Nuria, vecina del 12, yendo a contracorriente de todos los medios que decían que era del 8ºD. El lunes por la mañana el concejal de seguridad había dicho que la ingresada vivía en el octavo D. Los vecinos decían que no. Me encontré con una chica que me dijo que se había encontrado con la hermana de la chica ingresada, y que me dio datos. También hallé a unos hombres que venían a indagar de parte del padre de la ingresada, ya que él estaba en marruecos y querían saber cosas para informarle de la desgracia. Hablé, contrasté, pregunté, cotejé los datos con el informe policial (que sólo daba las iniciales) y todos los datos me llevaban a la chica del 12, menos los de las "fuentes municipales". Las agencias de comunicación sacaron que era la del 8ºD, ergo todos los medios detrás, como borregos.
Coño, lección número 1de 1º de periodismo: contrastar las fuentes, ¿NO? Creo que en la primera clase de la carrera, la primera de todas las primeras, que impartió José María Calleja, ya se nos explicó que había que contrastar las fuentes. Pero todos, todos, fueron detrás de Europa y Efe como si ná.
¿Os suena una niña de año y medio muerta, asesinada por su propio padre, en presencia de la madre en Torrejón de Ardoz, en un parque? Alguien ha visto la noticia? ¿Sí? ¿Alguien sabe cómo se llamaba la pobre criatura?
Bien. Pues no se llamaba "Starling" como han publicado todos los grandes medios españoles. Se llama Escarlin.
Lección número 2: Ante la ignorancia no vayas de listo, pregunta, es tu trabajo. Y si suena raro, pide que te deletreen. No es un crimen y da rigor a la información.
Es una gilipollez, pero ¿os podéis imaginar el cabreo de la familia ante la cruel ignorancia de la prensa? Que vamos de listos, chicos, y ni del nodo nos enteramos. Yo no lo supe hasta que lo leí en la lápida, como todo el mundo lo decía (ABC EL MUNDO EL PAIS EUROPA PRESS EFE ANTENA3 TELECINCO LA SER en fin chicos, todo el mundo) pues pensé que era Starling. Algunos dirán "dos letras, no es para tanto". No es lo mismo, para mí no puede serlo, si fuese mi hija, dios no lo quiera, para mí no podría ser lo mismo. No sé, para mí es cuestión de respeto no? Tal vez esa sea mi lección número 3, el respeto. Respeto a las víctimas, no arroyar, empatizar, comprender, ayudar. No somos buitres, se supone que nos importan más las personas que la carroña.
Pero de eso ya os hablaré en mi próximo post que, sin duda, hablará de mi experiencia en el tanatorio con la familia de la pequeña Escarlin y con los dos periodistas con los que estuve, dos de los considerados grandes monstruos del periodismo de sucesos.
Mañana más.
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