Los periodistas contamos historias. Así es, así ha sido siempre y esperemos que así siga siendo y que no nos coma el institucionalismo sedentario.
Ya sabéis, sedentario, de estar sentado, me explique, pegado al asiento con la adherencia de la rutina, soldados con pereza al teléfono y la pantalla, con los dedos como ventosas sobre las teclas, sin ver, sin mirar, escuchar, oler y palpar la realidad de la que hablamos.
Ahora que, ya se sabe; aquí, cada uno va a su historia y la historia está en sopesar la veracidad de las histerias de quienes desean asediarte con sus historias. Descifrando trabalenguas: si quieres dormir por las noches, no adaptes la frase cristiana al "dejad que las fuentes se acerquen a mí". Mas bien yo tiraría por las de "desconfía del lisonjero", que ya se que son más duras, más del Antiguo Testamento, más de lo que tenemos en común judíos, musulmanes y cristianos que de lo que nos separa... Lo que afirma mi afirmación, vamos, valga la rebuznancia: más en común, más universal, más "que vale para todos los hombres".
Esta desconfianza yo la estoy desarrollando ahora. Tenemos una enorme responsabilidad y las letras impresas no hay forma de cambiarlas: se pueden tachar, se pueden glosar, pueden ser reinterpretadas o, incluso, rectificadas. Pero ahí quedan, no se las lleva el viento, y afectan a las personas con las que trabajamos.
Toda fuente tiene un interés cuando acude a tí. Hasta la más desinteresada. Tú serás más fuerte mientras más profundo sea tu conocimiento sobre sus intereses. No te quedes en lo superficial, indaga, ábrele las entrañas y observa lo que lleva por dentro. Por mucha lástima que te de, aunque parezca una víctima, indaga, aunque parezca un amigo: usa el escalpelo y ábrele el pecho antes de escribir palabras que puedan llevar tu incisión contra tus propias venas. "Frialdad, distancia", es lo que nos dicen en la carrera. Yo creo que se refieren a esto. No sólo a no involucrarte para no sufrir (consejo que personalmente no comparto porque prefiero seguir sintiéndome humana) sino gozar de cierta esquizofrenia que te permita empatizar y desgranar intenciones de forma simultánea. Por mucha lástima que pueda darte, repito, o muy injusta que parezca su situación. Una vez que llegas hasta ahí, hasta la comprensión de su desgracia, detente y analiza.
Esta reflexión es la más destacada de las últimas semanas. Brota de varios casos, desde la denuncia de una familia que perdió a un sexagenario, según ellos, por la lentitud de los sistemas de emergencia; hasta un grupo de jóvenes agredidos por neonazis en los últimos días. No considero que haya hecho un a mala información. Como dice mi jefa, nada de lo que cuento es mentira. Pero si algo he aprendido en este tipo de casos es a tomar distancia y a no tener miedo a las fuentes: ni de lo que digan, ni de lo que no digan, ni de lo que se enfaden por haber dicho. SIEMPRE hay intereses, por muy justa que te parezca su causa, que no deben cegarte porque te parezca justa. Sobre todo en casos de denuncia a los sistemas públicos.
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