domingo, 12 de agosto de 2007

De los grandes monstruos del periodismo y las víctimas

El viernes por la tarde, mientras me encontraba en Alcalá, siguiendo la noticia del incendio, de la que, por cierto, conseguí bastante información y afianzar mis fuentes, me llamó mi jefa para decirme que un enorme periodista (al que llamaré en adelante y con humor Dubidei), uno de los jefes de redacción del medio, me iba a llamar a lo largo de la tarde para decirme que siguiera el caso de Escarlin. A pesar de que el suceso se había producido en mi "jurisdicción", el corredor del Henares, yo estaba feliz de no cubrirlo, después de la experiencia del lunes en el tanatorio con la familia de Cristina no me apetecía volver a otro y menos por una niña. Además, era un suceso de interés nacional y lo había cubierto otro conocido periodista de sucesos, y , al que en adelante llamaré Grissom por lo que me parece un enorme interés por las pistas policiales y por saber (al menos la teoría) de cómo se truca una pistola de 8mm de fogueo para que dispare balas reales de 6.35 mm. Uau.
Dada la enormidad de Dubidei, el tremendo orgullo que sentí de poder acercarme al tema y mi deseo de dar otro enfoque a la información, -menos policial, más de encontrar lo que algunos llaman "la historia", lo que queremos contar, la mujer, el hombre, la relación, los trucos, los engaños, las mentiras y los peligros de lo que me parecía (y parece) un claro caso de violencia doméstica, aunque se diese más allá de los muros del hogar- dije que sí, claro, gracias, jefa.
Volví a casa, de nuevo acojonada, y mientras me documentaba me llamó Dubidei, que estaban él y Grissom en el tanatorio de torejón. Yo no esaba (fuck! como diría tarantinanamente), pensaba ir directamente al entierro a la mañana siguiente. Tras colgar, se me ocurrió que a lo mejor conocía a alguien de los que estaban allí, y mi madre, que es un tesoro, me acercó al tanatorio.
Dos visitas al tanatorio en una semana y comencé a temer que se me pegara el olor del desgarro que allí se respira, y que percibes más claramente cuando tú no eres el desgarrado y observas la tragedia como un pájaro desde un poste.
Literatura aparte, allí esaban, Dubidei y Grissom, el primero sin duda una eminencia y ambos probablemente dos de los periodistas de sucesos más leídos de España, de los "perros" más grandes y con más mano izquierda a la hora de tratar con la muerte. No tengo cojones, chicos, pero se me pusieron de corbata.
Dubidei hablaba menos, fumaba más, era más duro. Grissom no quería irse sin su noticia. Mi primera impresión, al ver lo que me pareció frialdad disfrazada fue de decirme
"Yo creyendo que iba encontrar a dos monstruos del periodismo y me he encontrado simplemente a dos monstruos"
Esa noche no conseguimos nada. A mi modo de ver, la familia estaba demasiado afectada y me pareció que fueron/fumos poco empáticos y que la familia estaba demasiado hasta las narices de la prensa como para tratar de hacerles entender que quieres hacer una información seria porque trabajas en un medio serio y eres uno de los grandes monstruos del periodismo de sucesos.
He pensado mucho sobre esa noche y creo que la lección número 3 que aprendí es: nunca te confíes, se sagaz, cuidadoso con los damnificados, exprésales tu condolencia y no pierdas de vista que están desgarrados, que te están haciendo un favor (a tí y a tus lectores) ejerciendo de fuentes, trata de hacerles ver cómo el hecho de que cuenten su historia puede tal vez ayudar a muchos, si es lo que quieres, si lo que importa es reflejar la sociedad piensa en lo que puedes hacer para que esa persona entienda lo importante de tu misión, de la suya, de vuestra misión juntos. Hay veces que jurar que se quieren hacer las cosas bien no es suficiente y creo que hay damnificados que necesitan. No digas nada que pueda agredirles: es muy probable que ellos estén deseando que su caso NO SEA NOTICIA. Ni media excusa. Y se cuidadoso, no te dejes ninguna puerta cerrada antes de haberla cruzado.
Todo esto lo digo, respetando y entendiendo que, tal vez, después de 20 años trabajando en sucesos y con el olor del desgarro pegado a tu piel, llegues a la conclusión de que lo mejor es no empatizar en absoluto, llamando, eso sí, al pan pan y al vino vino. Tal vez de hecho sea la mejor opción, no lo sé, por algo son esto reflexiones de una periodista prematura. Pero francamente espero que por muchas ganas que me den de mirar a las víctimas sin empatizar (entendamos el significado de Empatizar, es algo gordo que hacer con un desgarrado), que por muchas ganas que me den de que su dolor no pueda tocar siquiera mi piel, que por muchas ganas que tenga de "hacer mi trabajo", nunca, jamás, se me quite el gusanillo a la hora de exprimir la historia de alguien que acaba de perder a un ser querido.

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