Hay veces, como anoche, que hasta lo más irritante de las personas me hace falta. Echo de menos hablar con mi hermana mayor, y que, mientras le cuento algo, se gire a media frase y regañe a uno de sus hijos como si no me estuviera haciendo caso. Echo de menos a Zylgrin, y su forma de empanarse de repente, incluso su forma de quitarte toda la razón con una frase mientras levanta una ceja escéptica. Echo de menos ver a mi padre tirado en el sofá, simplemente, ahí, tranquilo; echo de menos las discusiones insostenibles con Arthegarn. Hasta echo de menos ver a mi madre refunfuñando por el estado del país mientras ve Intereconomía.
Podría quedarme horas mirándoles por el ojo de una cerradura, incluso en esos momentos.
Eso es la nostalgia.
viernes, 12 de agosto de 2011
martes, 9 de agosto de 2011
Acosta, las carreteras y la piedra de la ignorancia
Mi primer fin de semana en Costa Rica lo pasamos en Chirraca de Acosta, con mi familia tica. La carretera es bastante jodida pero, con perspectiva, no es para tanto. Es una carretera de montaña, de subida, con muchísimas curvas, aunque posiblemente lo más peligroso es que algunas partes del pavimento están resquebrajadas (e inhabilitadas con señalización), tengo entendido que debido a las fuertes inundaciones que se dieron el año pasado, que causaron desprendimientos y aludes de tierra por la zona. Es de dos direcciones y hay que ir con muchísimo cuidado para ver a quién le toca el turno de paso por la parte de la calzada que no está hundida. Parece que cuando uno está de viaje, si es que a esto mío lo puedo considerar viaje y no vida en sí, se empeña en mostrar sólo imágenes bellas de todo.
Creo que una de las principales carencias de este país son las infraestructuras de transporte. No sólo porque haya inundaciones y lluvias tropicales y terremotos y esas cosas, que también. Pero no. No es sólo eso. Hay un importantísimo factor humano. Mientras más tiempo paso aquí más me convenzo de que no se puede culpar a la naturaleza del subdesarrollo.
Para empezar, tengo entendido que hace entre quince o veinte años (no sé la fecha exacta) algún gobernante en el clímax de su lucidez decidió clausurar buena parte de la infraestructura ferroviaria del país (me cuentan que debido a la corrupción, ya que él tenía intereses compañías de autobuses), que lo atravesaba de este a oeste. Cuando los siguientes gobernantes quisieron recuperarlo, la selva había devorado las vías, por lo que se hace prácticamente imposible recuperarlas, y la inversión necesaria para reconstruirla es elevadísima, ya que no tuvo mantenimiento durante lustros. Y sigo con mi disertación sobre el subdesarrollo:
La carencia de infraestructura ferroviaria, como es lógico, supone que el transporte de mercancías se realice en su mayoría por carretera. Por si no lo sabéis, el firme de la carretera se construye con una resistencia limitada (lógicamente), que se calcula en función de la presión que ejercen los neumáticos sobre el asfalto, que a su vez depende de la presión de inflado de las ruedas, que es más alta cuando más peso lleva el transporte (por rueda) y que, como imaginaréis, es muy alta en los camiones. Los camiones desgastan muchísimo las carreteras (esto también podéis observarlo en España, que las carreteras más desgastadas son las que tienen mayor tránsito de camiones) y en un país forzado al transporte por carretera (como es este) el firme sufre muchísimo y necesitaría un mantenimiento claramente impagable. Las carreteras duran poquísimo en buen estado, y claro, son muchísimo más caras, no da tiempo a que se amorticen. Además, tardan décadas en contruir vías anchas (estilo autovías), por lo que el tránsito para el que estaban calculadas en su proyecto (a lo mejor hace 30 años) no tiene nada que ver con el tránsito que soportan cuando se acaban (ahora). Cuando sufre el transporte de mercancías y personas, sufre absolutamente toda la economía del país de una forma aberrante.
Todo impulsado por un caprichito de mala gestión humana.
Al fin, conseguimos llegar a Acosta. Debían de ser las ocho de la tarde del sábado cuando empecé a quedarme dormida en el sofá. Aún me cuesta acostumbrarme a tantas horas de noche cerrada antes de que llegue la hora de acostarse.
La zona es preciosa y, por primera vez, estuve entre cafetales, en una caminata matutina. Yo ni siquiera sabía que aquella planta tan común era café. La vegetación era impresionante, pero desde entonces hasta hoy ha pasado tiempo, y en realidad he encontrado nuevos favoritos. La que muestro a la entrada del post es una "bandera" entre otros arbustos, esa es enorme, debía de tener cerca de un metro de largo.
El domingo hice uno de mis famosos arroces, y pasamos la tarde tomando café, mimosas y margaritas, mientras jugábamos a una especie de "Trivial" tico, pero lineal, de forma que avanzas hacia la meta si sabes la respuesta a la pregunta. La familia había añadido al juego "la piedra de la ignorancia", que jugaba como un jugador invisible y avanzaba cuando nadie conocía la respuesta a las preguntas. Así, el juego no era sólo contra los otros, sino más bien de todos contra la ignorancia. Creo que esto expresa mucho sobre ellos. Verdaderamente, la ignorancia es una piedra -no sólo cultural, sino humana y política- que avanza por nuestros errores y prácticamente imposible de derrotar si no es entre todos.
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sábado, 6 de agosto de 2011
Historia y cuentos
Casi siempre es mejor reducr el nivel de melodrama vital cuando intenta asediarnos. Por ejemplo, el suburbio donde vive mi familia tica se llama Desamparados. Pero es, simplemente, "Desampa". Tal vez simplemente siento que aquí los nombres de las ciudades hablan más que en Europa, eso las ciudades que no se refieren directamente a Europa, como Cartago, Antenas o Florencia; o las que no tienen un origen claramente orográfico o tribal.
Por ejemplo, camino al Pacífico hay una pequeña población, llamada Parrita. Parrita no es una parra pequeña. Es un lugar en mitad de ningún sitio, entre el océano y la capital, que servía de paso. Se dice que allí, desde el principio de los tiempos, había una casa de putas, al que iban mucho los marineros tras descargar en el puerto de Quepos. El lupanar estaba regentado por una Madamme en toda regla, al parecer, una tal Rita. Y, cuando en el puerto de Quepos preguntaban a dónde iban los hombres que salían de allí por tierra, ellos decían "Voy pa'Rita". Y todo el mundo sabía a dónde iban. Aunque esta historia se cuenta por lo bajinis, porque por lo visto indigna mucho a los habitantes de la zona, que no quieren ni oírla.
Hay otro lugar, creo que cerca de Cartago, que se llama Taras, dicen ahora que por el Cacique Taras; pero mucha la gente es escéptica, y se cuenta que el Cacique Taras no existió jamás y que es un invento de los habitantes de la zona para no asumir que allí era a donde enviaban a los cojos, los ciegos y los demás lisiados. Para no admitir que descienden de los "tarados" del caciquismo.
Yo no sé hasta qué punto estas historias serán verdad, pero desde luego me resultan verosímiles.
Es curioso vivir en un lugar en el que los nombres de los sitios no tienen tantos siglos que sus habitantes hayan olvidado de dónde vienen. Siento que aquí se me difuminan las fronteras entre la Historia, la geografía humana, el "wannabe", y la leyenda indígena. Y, cada vez más, me convierto en una convencida de que la Historia, definitivamente, nunca es unívoca.
Por ejemplo, camino al Pacífico hay una pequeña población, llamada Parrita. Parrita no es una parra pequeña. Es un lugar en mitad de ningún sitio, entre el océano y la capital, que servía de paso. Se dice que allí, desde el principio de los tiempos, había una casa de putas, al que iban mucho los marineros tras descargar en el puerto de Quepos. El lupanar estaba regentado por una Madamme en toda regla, al parecer, una tal Rita. Y, cuando en el puerto de Quepos preguntaban a dónde iban los hombres que salían de allí por tierra, ellos decían "Voy pa'Rita". Y todo el mundo sabía a dónde iban. Aunque esta historia se cuenta por lo bajinis, porque por lo visto indigna mucho a los habitantes de la zona, que no quieren ni oírla.
Hay otro lugar, creo que cerca de Cartago, que se llama Taras, dicen ahora que por el Cacique Taras; pero mucha la gente es escéptica, y se cuenta que el Cacique Taras no existió jamás y que es un invento de los habitantes de la zona para no asumir que allí era a donde enviaban a los cojos, los ciegos y los demás lisiados. Para no admitir que descienden de los "tarados" del caciquismo.
Yo no sé hasta qué punto estas historias serán verdad, pero desde luego me resultan verosímiles.
Es curioso vivir en un lugar en el que los nombres de los sitios no tienen tantos siglos que sus habitantes hayan olvidado de dónde vienen. Siento que aquí se me difuminan las fronteras entre la Historia, la geografía humana, el "wannabe", y la leyenda indígena. Y, cada vez más, me convierto en una convencida de que la Historia, definitivamente, nunca es unívoca.
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viernes, 29 de julio de 2011
Escenas Madrid - San José
Una chica colombiana, de 31 años, se sentó a mi lado en el avión en Barajas, mientras yo le daba a la nostalgia y ojeaba ese cielo del julio madrileño -ese azul grisáceo, uniforme, sin una gota de agua flotando- con un nudo en la garganta. Cuando me habló, no pude articular respuesta. Mas tarde me contaría que ella regresaba a su país tras cinco años. Iba al funeral de su padre.
(...)
Llegábamos, y yo veía desde lo alto el final de Los Andes, eternos.
El aeropuerto de Bogotá está plagado de policías-perro que guían canes que olisquean bolsas. No me tomé el café de Colombia que me había prometido para cuando pisase el país de García Márquez. Agarré mis maletas y me senté a esperar sin mirar a nadie, mimetizándome con la actitud reinante.
Cuando llegué a San José, a las once de la noche, pude sentir cómo el calor húmedo se agarraba a mis alvéolos para no soltarlos. Poco después, encontré que no encontré los 46 kilos de mi vida que había facturado en Barajas: se habrían perdido entre policías-perro-policía. Agarré mi equipaje de mano y pasé la aduana. Le busqué al otro lado de la cristalera, y ahí estaba. Señalé mis no-maletas para ejemplo de extrañamiento. Su madre llevaba una bienvenida en ramo, con rosas naranjas y rosas.
No sé cuánto tardamos en llegar a casa, pero sí que para mi aquel coche era una nave espacial aterrizando, alunizando, o el verbo que corresponda a 'simplemente cayendo sobre alguna roca espacial desconocida'.
Ahora estaba allí mi casa.
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jueves, 21 de julio de 2011
Hogar
Cuando llegué a mi nuevo hogar, mi chico acababa de poner la wifi hacía a penas una semana, mientras perparaba la casa para mi llegada.
Hace ya varios meses, cuando este viaje era apenas una nube en mi cerebro y aún ni siquiera vivíamos juntos en Madrid, él me leyó un relato, que hasta anoche no había vuelto a mi mente desde hacía mucho.
El desierto, de Ray Bradbury (extracto)
Miraron la bebida de chocolate como si fuese la rara pintura de un museo. La malta escasearía durante años, en Marte.
Janice buscó en su cartera, sacó lentamente un sobre, y lo puso en el mostrador de mármol.
-Es una carta de Will. Vino en el cohete-correo hace dos días. Esto me decidió. No te lo dije. Quiero que la veas ahora. Vamos, lee.
Leonora sacudió el sobre, sacó la nota, y la leyó en voz alta.
«Querida Janice. Esta es nuestra casa si decides venir a Marte. Will.»
Leonora golpeó otra vez el sobre y una imagen a colores surgió en el dorso. Era la fotografía de una casa oscura, musgosa, antigua, de color castaño; una casa cómoda, con flores rojas y un cerco verde y fresco, y una enredadera velluda en el porche.
-¡Pero Janice!
-¿Qué?
-¡Es una fotografía de tu casa, aquí en la Tierra, aquí en la calle Elm!
-No. Mira.
Y miraron otra vez, juntas, y a ambos lados de la oscura y cómoda casa, y detrás de ella, había un escenario qué no era terrestre. El suelo era de un raro color violeta, y la hierba de un rojizo pálido, y el cielo brillaba como un diamante gris, y un extraño árbol torcido crecía a un costado, como una vieja con cristales en la cabeza canosa.
-Es la casa que Will construyó para mí -dijo Janice- en Marte. Ayuda mirarla. Todo el día de ayer, antes de decidirme, y cuando sentía más miedo, sacaba la fotografía y la miraba.
Las dos mujeres contemplaron la casa cómoda y oscura a noventa millones de kilómetros; familiar, pero extraña, vieja, pero nueva, con una, luz amarilla en la ventana del vestíbulo.
-Ese hombre, Will -dijo Leonora, moviendo la cabeza-, sabe lo que hace.
Terminaron las bebidas. Afuera una multitud desconocida iba de un lado a otro, y la «nieve» caía persistentemente en el cielo de verano.
Os invito a que lo leáis entero, merece la pena.
Dicho esto, sólo quería deciros cómo ha nombrado él la wifi de nuestro piso. Se llama "Casa Marciana".
Hace ya varios meses, cuando este viaje era apenas una nube en mi cerebro y aún ni siquiera vivíamos juntos en Madrid, él me leyó un relato, que hasta anoche no había vuelto a mi mente desde hacía mucho.
El desierto, de Ray Bradbury (extracto)
Miraron la bebida de chocolate como si fuese la rara pintura de un museo. La malta escasearía durante años, en Marte.
Janice buscó en su cartera, sacó lentamente un sobre, y lo puso en el mostrador de mármol.
-Es una carta de Will. Vino en el cohete-correo hace dos días. Esto me decidió. No te lo dije. Quiero que la veas ahora. Vamos, lee.
Leonora sacudió el sobre, sacó la nota, y la leyó en voz alta.
«Querida Janice. Esta es nuestra casa si decides venir a Marte. Will.»
Leonora golpeó otra vez el sobre y una imagen a colores surgió en el dorso. Era la fotografía de una casa oscura, musgosa, antigua, de color castaño; una casa cómoda, con flores rojas y un cerco verde y fresco, y una enredadera velluda en el porche.
-¡Pero Janice!
-¿Qué?
-¡Es una fotografía de tu casa, aquí en la Tierra, aquí en la calle Elm!
-No. Mira.
Y miraron otra vez, juntas, y a ambos lados de la oscura y cómoda casa, y detrás de ella, había un escenario qué no era terrestre. El suelo era de un raro color violeta, y la hierba de un rojizo pálido, y el cielo brillaba como un diamante gris, y un extraño árbol torcido crecía a un costado, como una vieja con cristales en la cabeza canosa.
-Es la casa que Will construyó para mí -dijo Janice- en Marte. Ayuda mirarla. Todo el día de ayer, antes de decidirme, y cuando sentía más miedo, sacaba la fotografía y la miraba.
Las dos mujeres contemplaron la casa cómoda y oscura a noventa millones de kilómetros; familiar, pero extraña, vieja, pero nueva, con una, luz amarilla en la ventana del vestíbulo.
-Ese hombre, Will -dijo Leonora, moviendo la cabeza-, sabe lo que hace.
Terminaron las bebidas. Afuera una multitud desconocida iba de un lado a otro, y la «nieve» caía persistentemente en el cielo de verano.
Os invito a que lo leáis entero, merece la pena.
Dicho esto, sólo quería deciros cómo ha nombrado él la wifi de nuestro piso. Se llama "Casa Marciana".
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domingo, 17 de julio de 2011
Mi madre
Mi madre no puede llorar. Simplemente no le salen las lágrimas, sin saber por qué. Es imposible: aunque quiera llorar, no puede. El jueves, al despertarme, fui a la cocina a desayunar y la encontré tendiendo la ropa de una última lavadora con algunas cosas mías antes del viaje. Tras un par de minutos de conversación intrascendente, me dice que no llora porque no puede, porque estos días se acuerda de una canción de Serrat de cuando se casó con mi padre, y me recita:
Escapad gente tierna,
que esta tierra está enferma,
y no esperes mañana
lo que no te dio ayer,
que no hay nada que hacer.
(...)
Y si te toca llorar
es mejor frente al mar.
Si yo pudiera unirme
a un vuelo de palomas,
y atravesando lomas
dejar mi pueblo atrás,
juro por lo que fui
que me iría de aquí...
Y pienso que, por potentes que podamos a llegar a construir las historias, la realidad supera a la ficción casi siempre. Por mucho que carezca de estrucura y nunca lleguemos a comprenderla del todo.
Carpe diem.
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viernes, 24 de junio de 2011
Spreading #spanishrevolution
Era martes, 17 de mayo, y salí del trabajo súper emocionada camino hacia Sol, donde había quedado con mi chico. Según iba acercándome, temía que hubiese tan poca afluencia como el día anterior. Pero nada más llegar me dio un vuelco algún órgano vital interno al ver que había cerca de dos mil personas, la mayoría jóvenes pero de edades diversas, asegurando que los poderes políticos no les representaban. Me emocionó muchísimo pensar que verdaderamente había una corriente crítica con el sistema y cargada de sentido común, sin llegar a los extremos políticos que tanto me agotan.Saqué la Blackberry y subí al Rodilla para empezar a inmortalizar todo aquello. Cuando bajé habían cerrado la planta baja. Me metí en el tumulto y empecé a fijarme en la cartelería. Atendí al Speaker que hablaba de la falta de representación política y de la organización de la concentración. Propusieron hacer grupos asamblearios por la noche para que todos pudiesen hablar, y después asamblea general. Me pareció genial, porque así verdaderamente se podría construir un discurso unificado a raíz de las opiniones de muchos. Estaba feliz. Por fin la gente reventaba e incluso a mi, que estaba bastante Roberpierre, me calmaron y me convencieron de que incluso siendo pacíficos podríamos cambiar algo.
Me fui a casa a cenar y a por ropa de abrigo y una manta y volví a Sol. Di una vuelta, y me senté en una de las asambleas de las comisiones. Aún se estaba decidiendo cómo se organizaría aquello y qué hacía cada comisión, así como cuáles hacían falta. Y empecé a desmontar los mitos que estaban surgiendo en el ambiente externo a Sol. En efecto, allí no había nadie que pidiese abstención, se hablaba mucho de la necesidad de un cambio en la ley electoral y de la falta de opciones políticas, así como de la cantidad de dinero destinado a los privilegios políticos y que podría aprovecharse en otro tipo de políticas. El 22M no resultaba ser más que el detonante, el contexto, en el que surgía el movimiento. Pero ya desde entonces yo tuve claro que no era una “revolución” que pretendiese nada con respecto al 22M, sino que se iba mucho más allá.
Hablábamos de la castración política que sufríamos, porque la política, en España, resultaba ser como el fútbol. No puedo hablar por España, ni siquiera por los españoles, pero sé que quienes allí pasábamos la noche en vela, nos planteábamos que esta falta de representatividad no era un problema puntual y personificado en figuras clave de la política, sino que era un problema sistémico. Y, por primera vez, nos sentamos, de un lado, de otro, tanto los habituados a la crítica como los que no, tanto los más leídos como los menos, de diferentes tendencias y, sobre todo, nos sentamos los con sentido común y no sólo los extremistas, a charlar y plantearnos, simplemente, que esta no era la forma en la que queríamos vivir nuestra faceta política. Simplemente, había hecho erupción un concepto hasta entonces sólo latente en la sociedad: que vivimos en un sistema representativo mediante el que muchos no nos sentimos representados, y que durante años habíamos otorgado a nuestros políticos lo más poderoso: la impunidad de nuestro silencio.
Aquella semana la pasé prácticamente 24/7 con el corazón en Sol y la cabeza en el Congreso. Me dediqué a hacer ver a todo el que conocía que podíamos hacer algo para cambiar el sistema y a desmontar la mitología que surgía en torno a aquello. La Junta Electoral de Madrid negó el permiso para la concentración el miércoles. Tuve que trabajar casi hasta las ocho, pero volví, y llovía, pero dio igual El miércoles me encontré a tanta gente conocida allí que no podía creer lo que estaba creciendo aquello. El jueves, sin embargo, empecé a escuchar radicalismos desde los altaoces que me parecía que iban a romper con la unión tan impresionante que habíamos conseguido (cuando les oí gritar "Hasta la viktoria" (lo gritaron con ka, seguro) desde los altavoces después de ensalzar el comunismo me llevaba las manos a la cabeza de que depsués pretendiesen argumentar que aquello intentaba recoger a todas las tendencias políticas, y de paso me acordaba de mis amig@s venezolan@s, a los que yo considero prácticamente refugiados políticos en España, independientemente de que yo sea bastante roja, creo que hay que tener cuidado y cultura con los mensajes que se expresan desde los speakers. Por otra parte ya desde el miércoles empezaba a oir hablar de la abolición del sistema de partidos y la democracia directa, lo que me parece, personalmente, muy impracticable, aunque me parece muy interesante, espero sacar el rato para explicar porqués).
Dato al margen, el día anterior a las elecciones, de hecho, trasladamos la despedida de una gran amiga a @acampadasol y la convertimos en una #despedidadereflexión.
Aún así, y aún hoy, sigo feliz de lo que ocurrió, porque se removieron conciencias. Porque hicimos lo que teníamos que hacer, y verdaderamente se construyó una masa crítica.
Yo voté en las elecciones del 22M, porque creo que, desgraciadamente, la democracia es el mejor de los sistemas excluyendo los que no existen (precisamente por eso no me parece bien que una minoría muy minoritaria bloquee las decisiones en el sistema “asambleario por unanimidad” que trataron de establecer en Sol). Pero de lo que pasó después del 22M intentaré escribir otro post, que seguramente sea el más crítico, porque adelanto desde ya que, si bien el fondo es bueno, las formas no siempre han sido las mejores. Pero tengo que darle un buen rato a ese post porque este llevaba en borrador más de un mes y me ha costado la vida acabarlo. Ahora mismo tengo la cabeza en otras muchas cosas, a ver si ahora que he resuelto mi primera deuda con este post me pongo a contároslas.

Yo, el 22M ejercí el voto responsable. Nada más identificarme, me puse la mascarilla de nuevo, agarré las papeletas y las eché, como cada año, en “urna rota”.
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